miércoles, 4 de junio de 2014

Inolvidable...

De muchas maneras, todos guardamos profundamente en nuestro corazón, el
recuerdo grato de algo o alguien que será inolvidable en nuestra vida.

Hay quienes, por desgracia, conservan el estéril gasto emocional de un
recuerdo que los sigue atormentando, como tóxico sutil que deshace su alma
y viven aquejados por ese pasado.
Aquí lo inolvidable se hace cruel porque se piensa que, al no haber
sabido perdonar, ciertas cosas no se olvidarán nunca y esa es una forma
triste de permanencia.
Hay otros, en cambio, que atesoran los recuerdos mágicos que un día les
acontecieron y no permiten que mueran, porque saben que si lo hicieran,
ellos tambien moririan un poco.
Nadie sin embargo puede evitar el tener una mezcla de recuerdos buenos y
malos, lo que simplemente nos hace entender que la vida es asi: pedacitos
de plata en medio de un gran camino de grava. No vivir atormentados por
unos y disfrutar el haber experimentado los otros, es lo que da sentido y
equilibrio a nuestra vida. Es saber que las rosas tambien tienen espinas y
que si así no lo fuera, no seríamos capaces de distinguir la felicidad de
la infelicidad.
Porque ¿quien no recuerda esos días felices de su infancia y la caricia
inolvidable de quienes les amaron? ¿Quién podrá borrar de nuestro corazón
el abrazo y la ternura de aquellos que con su cariño nos enseñaron a amar?
¿Es posible olvidar al primer amigo, al compañero de nuestros juegos, a la
maestra que un día fue la diosa de nuestros sueños, la primera vez que
vimos el mar o la esperanza vivificante de nuestras siempre anheladas
vacaciones?
¿Podremos alguna vez olvidar cuando el torbellino del amor primero
arrebató nuestra alma y la llevó al séptimo cielo; la espera impaciente
que nos trajo el romance adolescente, la mano de nuestro padre guiando
nuestros vacilantes pasos, el seno materno que alimentó nuestra tenaz
apetencia de vida, la alegres piñatas, las entrañables navidades, la
calidez del abrazo de nuestros abuelos y aquellas dulces fantasias en las
que tantas veces empeñamos nuestra atropellada búsqueda de la felicidad?
¿No es inolvidable, el sabernos amados,el saber que podríamos amar, , bálsamo
para nuestros oidos, el consejo oportuno, el tibio consuelo de la mano que
tocó nuestro frágil corazón, la fragancia del dialogo con quienes nos son
cercanos, los días de campo con los hijos y esa infinidad de pequeños
tesoros que ninguna pequeña muerte podrá un día arrebatarnos?
Nos perdemos tanto en no olvidar lo que un día nos hirió que hacemos a un
lado lo que nos maravilló; hacemos inolvidable, aunque sea doloroso, lo
que en el pasado lastimó nuestro espiritu, que renunciamos al mismo tiempo
a todo aquello que colmó nuestras ansias de permanencia y nos convirtió en
el horizonte de alquien que quiso hacernos dichosos. Es cierto que no
podremos olvidar jamás aquello que nos lastimó un día, pero sí podemos
hacer el esfuerzo por privilegiar de igual manera lo que hizo a nuestro
corazón más grande, más fuerte y más comprensivo.
Tal vez en la lista de daños y beneficios que tenemos inscritos en nuestra
mente, los debitos sean más que los haberes, pero la vida siempre es así:
solo cuestión de saldos en nuestro final estado de pérdidas y ganancias.
Ver que esos saldos sean más positivos que negativos es una tarea en la
que todos debemos empeñarnos, si queremos tener la sabiduria de vivir con
plenitud nuestra fugaz existencia terrenal.
Pero, afortunadamente, siempre habrá espacios en nuestra alma para lo
inolvidable: el acontecimiento aquel, la fecha que impacientes esperamos,
el amor recien descubierto, el hijo que llegó, la perfecta compañía, la
luz que generosa disipó nuestras tinieblas, la suave caricia de nuestra
alma gemela, la dicha en fin, que a veces furtiva, se anidará fecunda como
esperanza alcanzable en el corazón humano.
Un poeta escribió que la mejor manera de hacer a alguien inmortal es
quererlo de tal forma que no lo olvidemos nunca. Es a través del regocijo
del recuerdo por el cual nos percatamos que éste no es un espacio perdido,
sino una autentica recuperación.
Confesar que vivimos, amamos y disfrutamos con alguien el aquí y el ahora
de la vida, es adquirir la certeza de que un dia seremos para ese alguien
personas inolvidables, y así entenderemos cómo finalmente el recuerdo del
amor, que un día dimos y nos dieron, será más fuerte que la muerte.