lunes, 2 de junio de 2014

El sueño de Rosa.


El primer día en la Universidad, el profesor se presentó y nos pidió que
buscáramos en la clase a alguien que no conociéramos y nos presentáramos.
Yo estaba buscando entre mis compañeros, cuando sentí una mano gentil que
tocó mi hombro. Me dí vuelta y pude ver a una viejecita guiñádome el ojo y
brindándome una hermosísima sonrisa que la iluminaba completamente. Ella
me dijo: "Hola guapo. Mi nombre es Rosa. Tengo ochenta y siete años.
¿Puedo darte un abrazo?"
Mi carcajada fue inmediata... y le contesté "¡Por supuesto que puede!" Y
me dió un cariñoso apretón. "¿Por qué estás en la universidad a una edad
tan joven e inocente?" Pregunté. Ella sonriente respondió: "Estoy aquí
para encontrar a un joven millonario, casarme, tener una pareja de niños,
y luego retirarme a viajar por el mundo." "No, en serio", le dije, porque
estaba curioso de saber qué había motivado a una mujer de su edad a
aceptar un reto tan grande como éste.
"Yo siempre soñé con tener educación universitaria y ahora estoy
cumpliendo mi sueño."
Después de clases fuimos al Centro de Estudiantes y compartimos un batido
de chocolate. En ese mismo momento nos hicimos amigos. Todos los días en
los siguuientes tres meses, salíamos juntos de clases y no parábamos de
charlar. Yo estaba siempre atónito escuchando a esta "Máquina del tiempo"
que compartía toda su sabiduría y su conocimiento conmigo.
A lo largo del año, Rosa se convirtió en el icono del campus, haciendo
amigos fácilmente en cualquier lugar. Ella amaba vestirse bien y
disfrutaba la atención incondicional de los estudiantes que la rodeaban.
Estaba dándose su gusto, viviendo la vida. Al final del semestre la
invitamos a dar un discurso en el banquete del equipo de fútbol, y nunca
olvidaré lo que nos enseñó.
Fue presentada y subió al podio. Mientras acomodaba las tarjetas del
discurso que nos daría, algunas se le cayeron al piso. Desconcertada y un
poco avergonzada, tomó el micrófono y simplemente dijo: "Lo siento, estoy
un poco nerviosa. Me tomé una cerveza por Lent, y me está matando! Nunca
recuperaré mi discurso en orden nuevamente, así que déjenme decirles
solamente lo que sé". Mientras nos reíamos, ella aclaró su garganta y
empezó:
"Nosotros no dejamos de jugar porque nos hacemos viejos; crecemos viejos
porque dejamos de jugar. Sólo existen cuatro secretos para permanecer
jóvenes, ser felices y acumular éxitos: Tienen que reír. Tienen que buscar
alegría y humor en todo lo que hacen, todos los días de su vida. Tienen
que tener un sueño; cuando pierdes los sueños, mueres. Hay mucha gente
caminando a nuestro alrededor que está muerta y ni siquiera se ha dado
cuenta.
Existe una diferencia enorme entre envejecer y crecer. Si tienes
diecinueve años y te quedas en cama un año entero, sin hacer nada
productivo, al final habrás envejecido y tendrás veinte años, pero
¿creciste? Si yo, a mis ochenta y siete años, me quedo en cama por un año
sin hacer nada, al final tendré ochenta y ocho años, habré envejecido un
año más pero no habré crecido ni un ápice. Nadie deja de envejecer. No
necesitas ningún talento o habilidad especial para envejecer.
La idea es crecer pero siempre buscando la oportunidad en el cambio. No
tengan remordimientos, los ancianos usualmente no tenemos remordimientos
por lo que no hicimos. Los únicos que tienen miedo de morirse, son
aquellos con remordimientos."
Ella concluyó su discurso cantando valientemente "La Rosa". Nos desafió a
todos a estudiar detenidamente la letra de esa canción y a vivirla en
nuestras vidas.
Cuando el año concluyó, Rosa obtuvo el grado universitario que había
empezado hacía tantos años. Una semana después de la graduación, murió
pacíficamente mientrás dormía. Más de dos mil estudiantes de la
universidad fueron a su funeral a rendir tributo a esa maravillosa mujer
que nos enseñó con el ejemplo que nunca es muy tarde para ser todo lo que
puedes ser.