viernes, 16 de noviembre de 2018

Valorar

Parece que en estos tiempos es difícil valorar, es tanta la accesibilidad que tenemos a todas las cosas materiales que ya nada nos llena el alma.
Me pregunto, que nos esta pasando?, estamos corriendo una carrera sin meta, como que la vida fuera infinita sin darnos cuenta que esta pasa tan rápido como una ráfaga de viento y las cosas materiales son lo que menos importa.
Algunos trabajan desenfrenadamente para obtener todo lo concerniente a la nueva tecnología aunque después no sepan ni como usarla, mientras que otros que ya tienen mas que suficiente para vivir dignamente el resto de sus vidas siguen acumulando dinero y lo que me parece inaudito es que a esta gente lo único que les interesa es acumular dinero y ni siquiera se dan algún simple gusto como comer lo que realmente les gustaría y se conforman alimentándose de cualquier porquería con tal de que este  en oferta.
Debemos concientizarnos y poner nuestras prioridades en orden.

Virginia Pollero.

domingo, 21 de octubre de 2018

Te estas volviendo vieja....

Te estas volviendo vieja me dijeron, has dejado de ser tú, te estas volviendo amargada y solitaria.
-No, respondí.
No me estoy volviendo vieja me estoy volviendo sabia.
He dejado de ser lo que a otros agrada para convertirme en lo que a mí me agrada ser, he dejado de buscar la aceptación de los demás para aceptarme a mí misma he dejado tras de mí, los espejos mentirosos que engañan sin piedad.
-No, no me estoy volviendo vieja.
Me estoy volviendo asertiva, selectiva de lugares, personas, costumbres e ideologías.
He dejado ir apegos, dolores innecesarios, personas tóxicas, almas enfermas y corazones podridos, no es por amargura es simplemente por salud.
Dejé las noches de fiesta por insomnios de aprendizaje, dejé de vivir historias y comencé a escribirlas, hice a un lado los estereotipos impuestos, dejé de traer maquillaje en mi bolso ahora llevó un libro que embellece mi mente.
Cambié las copas de vino por tazas de café, me olvidé de idealizar la vida y comencé a vivirla.
No, no me estoy poniendo vieja.
Llevo en el alma lozanía y en el corazón la inocencia de quien a diario se descubre.
Llevó en las manos la ternura de un capullo que al abrirse expandirá sus alas a otros sitios inalcanzables para aquellos que sólo buscan la frivolidad de lo material.
Llevó en mi rostro la sonrisa, que se escapa traviesa al observar la simplicidad de la naturaleza, llevó en mis oídos el trinar de las aves alegrando mi andar.
No, no me estoy volviendo vieja.
Me estoy volviendo selectiva, apostando mi tiempo a lo intangible... reinventándome a mi misma...

Marisol López Parra.
D.R.A.

viernes, 19 de octubre de 2018

Para una ocasión mas importante!!!

La mayoría de las personas tiene la costumbre de posponer todas las cosas buenas y agradables para más adelante. ¿Y si la ocasión especial, cuyo grado de importancia hemos llevado hasta el límite, no llega nunca? Sobre eso es la conmovedora historia de la escritora Olga Savelieva.
Genial.guru cree que esta sentida historia les recordará a sus lectores en qué consiste realmente la vida.
En el aparador de mi mamá vivían cosas de cristal.
Ensaladeras, cuencos, vasos.
Pesados, poco prácticos.
Y porcelana, también.
Hermosa, con delicados dibujos de mariposas y pájaros.
Era un juego de 12 platos, tazas de té y distintas fuentes.
Mamá lo había comprado muchos años antes, después de haber hecho una larga fila.
“Fue una ganga”, solía decir.
Cuando teníamos invitados, yo ponía sobre la mesa un mantel. Blanco como la nieve.
El mantel pedía la elegancia de la porcelana.
— ¿Puedo, mamá?
— No, es para las visitas.
— ¡Pero si tenemos visitas!
— ¿Qué clase de visitas son esas? Los vecinos y la tía Paula.
Entonces entendí que para que la porcelana saliera del aparador, debía venir la reina de Inglaterra. Tenía que abandonar su Londres y venir a visitar a mi mamá.
Antes se acostumbraba a hacer eso: comprar algo y esperar a que comenzara la vida de verdad.
La que pasaba ahora no contaba.
¿Qué clase de vida era aquella?
Pura supervivencia.
Poco dinero, poca alegría, muchos problemas.
La vida de verdad comenzaría después.
Así, de golpe.
Y entonces comeríamos sopa de la fuente de cristal y beberíamos té de las tazas de porcelana.
Pero no hoy.
Cuando mamá se enfermó, prácticamente dejó de salir de la casa. Se trasladaba en una silla de ruedas o caminaba con la ayuda de unas muletas, apoyándose en el brazo de su acompañante.
—Llévame al mercado —me dijo un día.
—¿Qué necesitas?
Los últimos años, quien compraba la ropa para mamá era yo, y siempre acertaba.
Pero no me agradaba mucho comprar cosas para ella, teníamos gustos diferentes. Lo que no me gustaba a mí, seguramente le gustaría a ella.
Así que era una especie de anticompras: tenía que elegir algo que nunca me compraría a mí misma, y seguro que eso le encantaría a mamá.
—Necesito ropa interior nueva, he adelgazado.
Mamá tenía una figura bonita, pero complicada: caderas estrechas y pecho exuberante, era imposible elegirle ropa interior a ojo.
Así que fuimos a la tienda juntas.
Estaba en un centro comercial, cerca de la entrada, en planta baja.
Tardamos unos cuarenta minutos en llegar desde el auto estacionado en la entrada hasta la puerta. Mamá apenas movía las piernas enfermas.
Llegamos. Elegimos. Probamos.
—Es muy caro aquí, y no se puede regatear —dijo mamá—. Vamos a otra parte.
—Compremos aquí, yo pago —dije—. Es la única tienda a la que puedes llegar a pie.
Mamá se dio cuenta de que tenía razón y no discutió conmigo.
Eligió su ropa interior.
—¿Cuánto cuesta?
—No importa —dije yo.
—Sí que importa. Debo saberlo.
Mamá era una fanática del control. Tenía que convencerse de que era ella quien tomaba la decisión sobre la compra.
—75 USD —dijo la vendedora.
—¿75 USD por unas pantaletas?
—Es un conjunto de la nueva colección.
—Pero qué importa, ¡si ni siquiera se ve debajo de la ropa! —mamá estaba indignada.
Le guiñé el ojo a la vendedora con todas mis fuerzas, haciendo una pantomima para que mintiera.
—Oh —dijo la joven vendedora al verme—, no vi la coma. El conjunto cuesta 7,5 USD.
—¡Ya me parecía! No debería costar más de 5 USD, pero estamos cansadas. ¿Puede hacernos un descuento?
—Mamá, es una tienda —intervine—. Los precios son fijos, no es un mercado.
Pagué con tarjeta para que mamá no viera la cantidad de billetes. Enseguida arrugué el recibo para que no notara que no había ninguna coma allí.
Tomamos nuestras compras. Emprendimos el regreso al auto.
—Es lindo el conjunto. Elegante. Le dije que no me gustaba a propósito, para no mostrar interés. Tal vez nos bajaban un poco el precio. Nunca le muestres al vendedor que el producto te gusta. Si lo haces, estarás en su poder.
—De acuerdo —dije.
—Y siempre regatea. Tal vez te bajen el precio.
—De acuerdo.
Yo los llamo beepers.
Existen, pero en la era de los celulares ya no sirven.
Una vez, a mamá le tocaron el timbre. Ella tardó mucho, mucho tiempo en llegar a la puerta. Pero al otro lado había un joven paciente con una linda sonrisa.
Vendía cuchillos.
Mamá lo dejó pasar.
Una jubilada que apenas podía caminar dejó entrar a su departamento a un musculoso joven con cuchillos. Sin comentarios.
El joven le habló sobre el acero, sobre cortar pañuelos en el aire.
—Y yo, que vivo sola, nunca tengo ni un cuchillo afilado en casa —se quejó mamá.
Mostró interés. Aunque ella misma había dicho no hacerlo.
Era un pequeño show. En la vida de mamá había pocos shows. En la TV, sí, había muchos, pero ahora tenía uno en vivo.
El joven no vendía cuchillos. Vendía shows. Y lo vendió.
Dijo el precio. El normal era de 75 USD, pero solo por hoy, serían unos 30 USD. Más un libro de recetas de regalo.
“¡Y un libro de recetas de regalo!”, pensó mamá, que nunca en su vida había seguido una receta: ella sentía los productos y sabía qué debía que agregar a la preparación.
Mamá lo supo: tenía que comprar esos cuchillos.
Y los compró.
Su jubilación era de 137 USD. Si se las arreglara sola, apenas le alcanzaría para pagar los servicios y un poco de pan.
Sin medicamentos, sin ropa interior. Y sin cuchillos.
Pero como los servicios, los medicamentos, la comida y la ropa los pagaba yo, la jubilación de mamá le permitía sentirse independiente.
Al día siguiente fui a visitarla.
Mamá comenzó a mostrarme los cuchillos, me contó sobre los pañuelos que se podían cortar en el aire.
¿Para qué cortar pañuelos al vuelo, o más bien, para qué cortar pañuelos en general? No entendía esa estrategia de mercadotecnia, pero allá ellos.
Yo sabía que a mi mamá le habían encajado una baratija en un elegante maletín. Pero no dije nada.
A mamá le gustaba tomar decisiones, y no le gustaba cuando se las cuestionaban.
—¿Y por qué te llevas los cuchillos? Déjalos en la cocina.
—¿Cómo se te ocurre? Es para regalar. Por si me internan, para algún médico. O por si tengo que agradecerle algo a alguien.
Otra vez para más adelante. Otra vez lo mejor no es para uno. Es para alguien más. Que es más digno, que ya hoy vive de verdad, que no espera.
Yo también heredé esa costumbre absurda: esperar en lugar de vivir.
Hace poco, a mi hija le regalaron una muñeca muy cara. En la caja decía “Princesa”. Y realmente tenía un vestido precioso, una corona y una varita mágica.
Mi hija tiene un año y medio. Arrastra a sus otras muñecas por el piso, tomándolas del pelo o de las piernas. Y una vez casi cocina a la favorita en el microondas.
Escondí a su nueva muñeca. Después, algún día, cuando terminemos de pintar el departamento, cuando la pequeña crezca un poco y llegue la vida de verdad, entonces le daré a su princesa. Hoy no.
Pero volvamos a mamá y a sus cuchillos.
Saqué de la heladera un trozo de queso duro y traté de cortarlo. El cuchillo se quedó en el queso; el mango, en mi mano.
Elegante, azul.
“Ni siquiera es de plástico”, pensé.
Lavé el cuchillo, arreglé el mango, lo puse de vuelta en el maletín, lo cerré y lo guardé en su lugar.
No le dije nada a mamá, por supuesto.
Luego abrí el libro de recetas. Tenía las páginas mezcladas. El comienzo de una receta era de un pastel, y el final, de un paté de hígado.
Sinvergüenzas que engañan a los jubilados, ¿cómo viven con su conciencia?
En diciembre, antes del fin de año, mamá, de pronto, se sintió mejor. Se volvió más alegre, comenzó a reír más seguido.
Su risa me inspiraba.
Para las fiestas, le regalé una hermosa blusa blanca con un escote discreto y delicado, diseñado para resaltar sus grandes pechos, con cuello bordado y botones prolijos.
Me gustaba esa blusa.
—Gracias —dijo mamá, y la guardó en el armario.
—Te la pondrás para la cena de Fin de Año?
—No, ¿para qué? Podría mancharla. La usaré después, cuando viaje a alguna parte.
Claramente no le había gustado. Mamá amaba los colores brillantes, llamativos.
O tal vez, por el contrario, le había gustado mucho.
Mamá me había contado sobre lo mucho que le gustaba vestirse cuando era joven. Pero no tenía ni ropa, ni dinero para comprarla.
Tenía una blusa blanca y muchos pañuelos para el cuello.
Cambiaba los pañuelos, atándolos de una manera diferente cada vez, y gracias a eso se había ganado la reputación de una fashionista en la fábrica donde trabajaba.
Junto a su blusa navideña, también le regalé unos pañuelos. Pensé que así le regalaba un poco de su juventud.
Pero ella guardó la juventud para después.
En realidad, toda su generación hizo eso.
Guardó la juventud para la vejez.
Para después.
Otra vez después. Todo lo mejor para después. Y aun cuando ya es evidente que lo mejor quedó en el pasado, igual, después.
El síndrome de la vida pospuesta.
Mamá murió de repente.
A comienzos de enero.
Ese día, íbamos a visitarla con toda la familia. Y no llegamos a tiempo.
Quedé estupefacta. Confundida.
No lograba recomponerme.
O lloraba desaforadamente. O estaba imperturbable como un tanque.
Era como si no pudiera darme cuenta de lo que sucedía a tiempo.
Fui a la morgue.
A buscar el certificado de defunción.
Al lado había una funeraria.
Señalé sin ver fotos de ataúdes, almohadillas de satén, coronas fúnebres y demás. El empleado sumaba algo con una calculadora.
—¿Qué talla tenía la difunta? —preguntó el empleado.
—Cincuenta. Es decir, arriba 50, por el pecho grande, y abajo... —comencé a responder, por algún motivo, con detalles.
—No importa. Aquí hay un conjunto de ropa que tenemos para ella, para su último viaje. Hasta podría llevar la talla 52 para que sea más suelta. Hay un vestido, unas pantuflas, ropa interior...
Entendí que era la última vez que compraba ropa para mamá.
Y me largué a llorar
—¿No le gusta? —el empleado malinterpretó mil lágrimas: un minuto atrás estaba tranquila, calmada, y de pronto estaba histérica. —En realidad estará tapada con una manta de satén como esta, con una oración bordada...
—Eso estará bien, lo llevo.
Pagué las cosas que mamá necesitaría el día del entierro y fui a su departamento vacío.
Tenía que encontrar su agenda telefónica y llamar a sus amigos, invitarlos al funeral.
Entré al departamento y me quedé un largo tiempo sentada en su cuarto sin hablar. Escuchando el silencio.
Me llamó mi esposo. Estaba preocupado. Pero yo no podía responder. Tenía un nudo en la garganta.
Metí la mano en la cartera para sacar el teléfono y escribirle un mensaje de texto, y de pronto, sin ninguna explicación, la puerta del armario se abrió sola. Un misterio.
Me acerqué. Allí estaba la ropa de cama de mamá, las toallas, los manteles.
Arriba de todo había un paquete con una nota que decía “Para cuando muera”.
Lo abrí, miré adentro.
Allí estaba mi regalo. La blusa blanca navideña. Unas pantuflas blancas, en forma de mocasines. Y un conjunto de ropa interior. Aquel mismo, el de los 75 USD.
Vi que en el brasier había quedado una etiqueta con el precio. O sea que mamá igual se había enterado de lo caro que era.
Y lo guardó para después.
Para un día mejor, uno de la vida de verdad.
Y, al parecer, ese día había llegado.
Su mejor día.
Y había comenzado la otra vida.
Dios quiera que sea la de verdad.
Ahora terminaré de escribir este texto, lavaré las lágrimas de mi cara de las lágrimas y le daré a mi hija su princesa.
Que la arrastre por el piso, que le ensucie el vestido, que pierda su corona.
Pero vivirá a tiempo.
La vida de verdad, hoy mismo.
La vida de verdad es aquella que está llena de alegría. Solo que no debemos esperar a que la alegría llegue. Debemos crearla nosotros mismos.
Mis hijos no tendrán ningún síndrome de la vida pospuesta.
Porque cada uno de los días de su vida presente serán los mejores.
Aprendámoslo juntos: vivir hoy.
Foto de portada Olga Savelieva / facebook 

lunes, 10 de septiembre de 2018

Mi huella.

Lo mejor de pasar por la vida es dejar una huella.
Vivir como una marmota sin ideales,
sin aventurarse a nuevas experiencias,
sin atreverse a decir lo que se piensa,
es como vivir encerrado en uno mismo
por miedo al "que dirán".
Mi felicidad se basa, en no guardarme nada,
decir lo que pienso, hacer lo que quiera,
disfrutar  de lo que me hace feliz y todo
en esta vida porque estoy segura de que
después de esta no hay nada, y quiero dejar
una huella.
Ya sea para que digan la Vicky era una loca.
o la Vicky fue una gran mujer. Cualquiera de
las dos cosas me satisfacen.
Estoy segura que que no van a necesitar
una lupa para ver mi huella, los que me conocen
la tienen clara, para bien o para mal, tanto da!!!

martes, 21 de agosto de 2018

ABANDONO


A todos nos abandonaron un día.
Y cuando digo abandonar, no me refiero sólo a un acto extraordinario. Traumático. No. Es más simple. Pero duele igual. A todos nos abandonaron en el medio de un quilombo. En el inicio de un proyecto. En el placer del logro cumplido. En el momento menos pensado. En el momento más esperado. A veces pasa, que te das vuelta y no tenés quien te junte los mocos, quien te dé la palmada en la espalda, quien te guiñe el ojo cuando algo te salió bien y quien te limpie las rodillas cuando te fuiste al pasto. Todos sabemos de la soledad que se siente cuando nos sentimos solos. Porque todos fuimos abandonados un día. Y entonces, encontramos un secreto tristísimo, un acto paliativo, para tapar ese pozo. Vemos gente que se come la angustia tragándose un paquete de cigarrillos, el otro que corre y corre como un loco a ver si el viento en la cara le vuela ese agujero en el pecho. Personas que se come las uñas junto con los nervios y la ansiedad paralizante. Paquetes de galletitas que van a parar a la boca sin noción de que lo que se intenta matar, no es el hambre. O por lo menos , no ese. Pibes que se perforan la nariz y las venas, con alguna que otra cosa que lo pase a otra realidad por un par de horas. El otro se pone a jugar lo que no tiene. Vos comprarás compulsivamente cosas que no necesitás, para sentirte un poco vivo por un instante. Y yo me quedaré mirando una película, que me habilita disimuladamente a llorar mirando afuera, lo que no tengo ganas de mirar adentro. Es que somos tan jodidos con nosotros mismos que cuando peor estamos, es cuando más nos castigamos. Porque todo eso que te comés, te come a vos. Te pone peor. Te suma al abandono, la culpa de hacer algo que sabés que no es genuino. Que no es lo que querés. No comés así por hambre. No corrés por deporte, cuando te estás rajando de vos. No te intoxicás por placer. No te acostás con esa mina por amor . Tapás. Escondés. Tirás abajo de la alfombra. Cerrás los ojos. Te ponés un bozal y un par de auriculares para no escuchar tu corazón. Date cuenta. Te estás comiendo a vos. Y quizá, el secreto esté en frenar. En sentir. En recordar, que en ese abandono lo que te falta, es lo que tenés que buscar. Amor. Quizá sea hora de pedir ese abrazo. De acostarte en las rodillas de tu mamá. De poner la pava y llamar diciendo, sí, te juro que te necesito. Es ahora. Después no. Ahora. Andá a esa casa. Hablá con quién te escucha. Llorá. Gritá. Decí. Vomitá. Pedí. Da. Ahora. Hacer malabares, en medio del despelote, no tiene más que un resultado despelotado. Resultado que no va a curar la herida que te sangra, porque le estás metiendo una curita. Y las curitas no curan. Las curitas tapan. Y vos sabés muy bien que el dolor tapado no es dolor sanado. Pará un poquito. Mirá en el espejo de tu alma. Frená. Mirá lo que te falta y salí a buscarlo en dónde creas que lo puedas encontrar. De verdad. No revolotees como mosca en platos vacíos. Pedí lo que necesitás si ves que solo no podés. Porque no hay peor abandono que el que se hace a uno mismo. Con eso no se juega. No tenés derecho.
Lorena Pronsky

jueves, 16 de agosto de 2018

Un ejemplo para el mundo!!!

Este señor fue presidente de Uruguay , un ejemplo de honestidad y sabiduría.
Él ya termino su mandato en 2010 ahora era senador de la república y su esposa es la actual vicepresidente de Uruguay, 
ahí los ven,como cualquiera de nosotros,  sentados en un lugar del centro de Montevideo, con una sonrisa franca, sin guardaespaldas, no los necesitan tienen la conciencia tranquila, no robaron ni un peso, al contrario donan parte de su sueldo para hacer casitas para los mas desposeídos.




Como vino se fue... Voy a poder contarle a mis hijos que el Presidente revolucionario de Uruguay un día dijo "quiero descansar" y se fue para la casa. Sin lujos, sin llevarse nada, vuelve a su barrio, al que nunca dejó. Renunció a vivir en la lujosa residencia presidencial y donó cerca del 90% de su sueldo (unos 6.700 de 8.700 euros al mes) a un programa de construcción de viviendas sociales. El Pepe hizo de este país un ejemplo a seguir en ampliación de derechos: Aborto legal seguro y gratuito, matrimonio igualitario y legalización del cannabis. Redujo el nivel de pobreza del 39% en 2004 al 12% en 2012. Durante su mandato el salario real de los trabajadores mejoró un 12,6%.
El tipo que les tocó el culo a los pitucos de siempre con su apariencia, reconoce errores y cosas por hacer y vuelve a su casa silbando bajito, renuncia a su cargo de senador de la República y le deja el lugar a militantes jóvenes. "Quiero descansar antes de morirme" dijo y se fue... más entero, más digno y con la frente en alto.
GRACIAS totales Pepe.
#YovivíenelUruguaydePepeMujica

viernes, 27 de julio de 2018

Mamá tenia muchos problemas






Mi mama tenía muchos problemas. No dormía y se sentía agotada. Era irritable, gruñona y amargada. Siempre estaba enferma, hasta que un día, de pronto, ella cambió.
La situación estaba igual, pero ella era distinta.
Cierto día, mi papa le dijo:
- Amor, llevo tres meses buscando empleo y no he encontrado nada, voy a tomarme unas cervecitas con los amigos.
Mi mama le contestó:
- Está bien.
Mi hermano le dijo:
- Mamá, voy mal en todas las materias de la Universidad...
Mi mama le contestó:
- Está bien, ya te recuperarás, y si no lo haces, pues repites el semestre, pero tú pagas la matrícula.
Mi hermana le dijo:
- Mamá, choqué el carro.
Mi mama le contestó:
- Está bien hija, llévalo al taller, busca cómo pagar y mientras lo arreglan, movilízate en autobús o en el metro.
Su nuera le dijo:
- Suegra, vengo a pasar unos meses con ustedes.
Mi mama le contestó:
- Está bien, acomódate en el sillón de la sala y busca unas cobijas en el clóset.
Todos en casa de mi mamá nos reunimos preocupados al ver estas reacciones.
Sospechábamos que hubiese ido al médico y que le recetara unas pastillas de "me importa un carajo de 1000 mg"
Seguramente también estaría ingiriendo una sobredosis.
Propusimos entonces hacerle una "intervención" a mi mamá para alejarla de cualquier posible adicción que tuviera hacia algún medicamento anti-berrinches
Pero cuál no fue la sorpresa, cuando todos nos reunimos en torno a ella y mi mamá nos explicó:
"Me tomó mucho tiempo darme cuenta de que cada quien es responsable de su vida, me tomó años descubrir que mi angustia, mi mortificación, mi depresión, mi coraje, mi insomnio y mi estrés, no resolvían sus problemas sino que agravaban los míos.
Yo, no soy responsable de las acciones de los demás, pero sí soy responsable de las reacciones que yo exprese ante eso.
Por lo tanto, llegué a la conclusión de que mi deber para conmigo misma, es mantener la calma y dejar que cada quien resuelva lo que le corresponde.
He tomado cursos de yoga, de meditación, de milagros, de desarrollo humano, de higiene mental, de vibración y de programación neurolingüística, y en todos ellos, encontré un común denominador: finalmente todos conducen al mismo punto.
Y, es que yo sólo puedo tener injerencia sobre mí misma, ustedes tienen todos los recursos necesarios para resolver sus propias vidas.
Yo sólo podré darles mi consejo si acaso me lo piden y, de ustedes depende seguirlo o no.
Así que, de hoy en adelante, yo dejo de ser: el receptáculo de sus responsabilidades, el costal de sus culpas, la lavandera de sus remordimientos, la abogada de sus faltas, el muro de sus lamentos, la depositaria de sus deberes, quien resuelve sus problemas ó su llanta de repuesto para cumplir sus responsabilidades.
A partir de ahora, los declaro a todos adultos independientes y autosuficientes.
Todos en casa de mi mamá se quedaron mudos.
Desde ese día la familia comenzó a funcionar mejor, porque todos en la casa saben exactamente lo que les corresponde hacer.
Autor:
¡¡¡UNA MUJER FELIZ!!!