lunes, 1 de junio de 2015

El amor negado


Que no te quieran cuando eres un niño puede ser uno de los golpes más difíciles de sobrellevar al crecer. Marcos lo sabía. Había observado cómo su madre abrazaba y mimaba a su hermano Santiago y para él sólo tenía reprimendas; por eso, en cuanto tuvo la oportunidad se fue de la casa para no regresar jamás. Enojado con Santiago por no poner de su parte para que la situación cambiara decidió comenzar una nueva vida: se cambió el nombre y le impidió a su familia biológica acercarse a él.
Al principio su vida fue fantástica. Disfrutaba de un buen trabajo; había conseguido un grupo de amigos en el que se sentía cómodo y tenía el perfecto control de su vida. Sin embargo, unos años más tarde, las cosas comenzaron a desbarajustarse.
Todo comenzó cuando conoció a Iván, un chico que cargaba con una historia similar a la suya, pero en la piel de su hermano. Era el menor de dos hermanos y su madre había sabido mimarlo con suma ternura, mientras que a su hermano sólo le daba palizas y reproches. Con los ojos llenos de lágrimas, Iván le explicó a Marcos que ser Santiago tampoco era algo fácil de superar.
La historia de Iván hizo que Marcos recapacitara y fuera en busca de su hermano menor. Lo encontró completamente perdido en la vida: sin amigos, volcado a una existencia fatua, sin horizontes y viviendo en una soledad apabullante. Al ver a su hermano, Santiago le dijo que ya era tarde para toda reconciliación, que habían pasado muchas cosas y que él no había querido estar. Marcos intentó explicarle lo que a él le había ocurrido, pero Santiago no quería saber nada de su hermano.
Marcos volvió a su vida, pero un peso muy hondo se instaló en el fondo de su alma. Una tarde, mientras conversaba con Iván le contó lo que le ocurría. ‘No, Marcos, no debes sentirte culpable. Te fuiste para salvarte. Que Santiago no haya sabido hacer lo propio por él no es tu culpa. Todas las vidas pueden ser difíciles: que no te quieran o que te quieran en exceso, son las dos peores formas en las que saben actuar los padres y las que menos olvidas. Sin embargo, la mejor forma de luchar contra ese pasado desastroso es ponerse a salvo, lo que tú y yo hemos hecho. Nuestra única responsabilidad somos nosotros mismos’.