domingo, 8 de junio de 2014

Ni una sola vez....


Ni una sola vez “Esta vez sí, esta vez sí que lo haré”. Ella sabía que no podía seguir viviendo así. Esa decisión la tenía que haber tomado seis meses antes de la boda, la primera vez que le rompió el labio. Pero ya habían pasado seis años. Cuántas veces recordaba las palabras de su madre aquella primera vez que subió a casa con el labio roto y ella le decía “mamá, yo no puedo, no quiero casarme con él”. “Pero hija, ¿qué dices? Es un buen trabajador, con él nunca te faltará un plato de comida. Lo de hoy ha sido una cosa sin importancia, no tiene por qué volver a pasar. O ¿te crees que los hombres no tienen sus cosas? ¡Anda! Olvídalo todo y vamos a cenar”. En la cena, cuando ella relató lo sucedido, nadie salió en su defensa. Ni siquiera su padre, que tantas veces le había dicho “eres la niña de mis ojos, jamás permitiré que nadie te haga daño”. Es más, cuando su madre contó los consejos que le había dado, su padre estuvo de acuerdo en todo y además añadió “hija, estará nervioso por la boda o le habrás dicho algo que no le ha gustado”. Ella solo pudo decir “pero papá, yo…”. “Verás, vas a ser la reina de tu casa… Venga, danos un beso y vete a la cama, mañana ya no te acordarás de nada”. La segunda vez, ya no fue solo una bofetada. Fue un domingo, tres meses después de la boda, al volver de un paseo, mientras se cambiaba de ropa para meterse en la cocina y empezar a hacer la cena. Todo lo que dijo fue “¿sabes? Me gustaría volver a trabajar, me gustaba mucho mi trabajo y tengo muchas posibilidades de recuperarlo. Me lo ha dicho una compañera con la que me he cruzado esta mañana”. No tuvo tiempo de decir nada más. ”Eso es lo que tú quieres, ¿verdad? Ya sabía yo… no te conformas con lo que yo gano, ¿te parece poco? Quítatelo de la cabeza, en esta casa el único sueldo que vas a tener va a ser el mío”. Mientras le decía esto, las bofetadas iban y venían cruzándole la cara. En esos momentos ya supo cómo iba a ser su vida: desde ese día ya fue una mujer maltratada, rota, pisoteada, sin opinión, sus ojos ya no brillaban con luz propia, su boca solo se abría para decir lo justo, “bien”, “vale”, “bueno”, “lo que tú quieras”. Tenía prohibido hablar con las vecinas; él siempre le había dicho que las cosas que pasaban en las casas no tenían que salir de allí. Cuando se cruzaba con ellas en la escalera hablando de sus cosas, ella sentía mucha pena porque a ella también le hubiera gustado pararse para preguntar por la señora de arriba que ya era muy mayor, o por el niño de la chiquita jovencita del bajo que acababa de nacer hacia unos meses. Cuando peor lo pasaba era cuando iban a visitar a sus padres. En esas ocasiones, él le obligaba a ponerse sus mejores ropas y su mejor sonrisa. Su madre siempre le decía lo mismo, “estás más delgada, pero estás muy guapa, se ve que os va bien”. Ella ya no sabía si lo que sentía por su madre era rencor o pena. Esa persona no podía ser la madre que ella recordaba. Si no, ¿por qué nunca le preguntaba? ¿O es que no veía que ella ya no era la misma, que solo vivía por fuera pero que por dentro estaba vacía, que no quedaba nada de la hija que salió de su casa para casarse con el hombre equivocado? ¿Por qué no le preguntaba por qué nunca se ponía manga corta en pleno verano? “Y es que para ti, mamá, él sigue siendo un buen trabajador”. A los cinco años ya había perdido toda identidad. Ya era la ocupa, no solo para él sino también para los malos amigos que se reunían todos los viernes en su casa. Los odiaba con toda su alma. Era tanto el temor que le tenía a su marido, que ya lo hacía todo sin abrir la boca. Y si alguna vez se equivocaba en la cosa más mínima, allí estaban los insultos y las bofetadas. Ese viernes ya lo tenía todo pensado: se quedaría corta de bebida y, entre insulto e insulto y las risas de sus amigos, él la mandaría a por bebida. Llegó el viernes y todo salió como ella lo había planeado. Era la única forma de salir sin tener que darle explicaciones, ya que era él quien la mandaba a comprar. Cuando cogió las llaves del cajón notó que no le temblaban las manos, que las cogía con mucha firmeza y eso todavía le dio más fuerzas. Cuando salió a la calle, pasó el primer bar, pero siguió; pasó una pequeña tienda donde solía comprar a veces, pero también siguió. Al final de la calle estaba el súper con sus grandes ventanales, y desde fuera podían verse las bebidas que ella había comprado tantas veces. Cuando se vio reflejada en el cristal, a punto de abrir la puerta, empezó a temblar. Era esa tembladera que ella conocía tan bien, la que vivió todos los días durante seis años cuando oía el ruido de las llaves en la cerradura. Mientras salía de la comisaría, después de haber relatado su caso, empezó a respirar, empezó a mirarlo todo con la cabeza alta, muy alta. Lloraba, pero esta vez sus lágrimas no le hacían daño, eran besos que le daba el aire. En su euforia, empezó a tirar de las mangas de la blusa. Cuando se miró los brazos ya no veía cardenales sino mariposas tatuadas que le prestaban sus alas para ayudarle a volar y recuperar por fin su nombre: Libertad.

Midala.