domingo, 19 de febrero de 2017

10 cosas que me cambiaron después de la muerte de mis padres

Las relaciones que tienen los hijos con sus padres son diferentes al resto de relaciones. Nuestros padres se encargan de nosotros cuando no podemos valernos por nosotros mismos y nos dan su apoyo cuando nada parece ir bien. Su amor incondicional no conoce límites.

Lisa Schmidtcoach de estrategias para la vida y las relaciones, perdió a sus padres y escribió un poderoso homenaje de lo que realmente sentía. Lisa habla de cómo la ha afectado a largo plazo y en su vida diaria. También nos habla de pensamientos que todavía tiene a pesar de que hace tiempo que perdió a sus padres. Su vulnerable historia y la sabiduría que hay dentro de ella hace que su mensaje sea realmente inspirador.
Lee a continuación “10 cosas que me cambiaron después de la muerte de un padre” de Lisa Schmidt:
No creo que haya nada que te pueda preparar para perder a uno de tus padres. Creo que es un gran golpe que sucede en la edad adulta, porque estás en el punto donde eres amigo de tu madre o tu padre. Su sabiduría finalmente desaparece y sabes que todas la veces que lloraste durante tu adolescencia realmente se hicieron por amor y probablemente incluso salvaron tu vida una vez o dos.
He perdido a mis dos padres con dos años de diferencia; la muerte de mi madre fue mucho más inesperada. Mi padre murió con bastante rapidez después de un diagnóstico de cáncer. Mi madre fue la única persona que podía ver en mi alma y podía ayudarme de la manera más eficaz. Ella me enseñó lo que significan la humanidad, la empatía y la generosidad. Mi padre era el realista y sarcástico de la casa y una de las personas más indulgentes que he conocido. Si querías saber lo correcto, sin filtros; simplemente tenías que preguntar a mi padre.

El dolor sigue su curso y viene en etapas, pero no estaba preparada para que éste se alejara finalmente.
Mi teléfono nunca está a más de 25 centímetros de distancia de mí a la hora de acostarme, porque la última vez que lo hice me perdí la llamada en que mi madre murió.
2. El mismo pensamiento de la muerte de mi madre, a veces, hizo que físicamente enfermara durante unos seis meses después de su muerte. Yo, literalmente, vomitaba.
3. Sus muertes hicieron que el resto de nuestra familia se dividiera. Hice todo lo posible para cumplir sus deseos y, a veces eso me hizo parecer como la mala. La carga fue inmensa, pero entiendo por qué fui elegida. Me hizo más fuerte como persona, así que por eso estoy agradecida.
4. Estoy molesta por que mi hijo no llegó a tener la experiencia de haberlos tenido como abuelos. Los vi cinco veces antes de su nacimiento. Siento como si hubiera robado algo. Él los hubiera adorado y ellos a él.
5. No cambiaría mi tiempo con ellos por nada, pero a veces creo que habría sido más fácil que los hubiera perdido cuando yo era joven. Los recuerdos serían menos.
6. No te quejes de tus padres delante de mí. Como miembro del “Club de los Padres Fallecidos” te recomiendo que cierres la boca. Piensa con un poco de perspectiva sobre lo verdaderamente fugaz que es la vida.
7. Esto es como ser viuda – un “club” al que nunca quieres pertenecer. ¿Dónde devuelvo el ingreso no deseado a este club, por favor?
8. El resto de miembros del club son realmente las únicas personas que pueden entender verdaderamente lo que supone esta pérdida a una persona. Sólo ellos lo entienden. No hay otra manera de explicarlo.
9. La vida continúa, pero habrá ocasiones, incluso años más tarde, en que lo sentirás como si hubiera ocurrido ayer.
10. Cuando ves a tus amigos o incluso extraños con su madre o padre, a veces sentirás celos. Sentirás incluso envidía de una comida que tengan. Los grandes acontecimientos de la vida no volverán a ser iguales.
Aquí estoy sentada, ocho y diez años más tarde y todavía hay momentos en que voy hasta el teléfono cuando sucede algo importante. Entonces siento que algo me golpea; no puedo llamarlos.
Sus muertes me han cambiado para siempre y mi forma de ver el mundo. De una forma extraña me ha hecho ser una madre mejor. Siempre soy muy consciente de lo que los recuerdos pueden significar para mi hijo y cómo impactarán en su vida mientras estoy en este mundo. Se merece saber lo mucho que es amado y cuando me haya ido, lo que le enseñe e inculque a él ahora, será mi legado.

viernes, 17 de febrero de 2017

CARTA DE LA ANSIEDAD.


Hola. Soy tu ansiedad y si hoy estoy aquí, es porque me necesitas.
Necesitas de mi para modificar tu manera de interpretar tu realidad, la cual déjame decirte que está un poco distorsionada. Necesitas deshacerte de creencias que no te ayudan y que nada más te limitan; necesitas perdonar todo ese enojo que guardas a tus seres queridos y recuperar tu libertad interior.
Y sobre todo, necesitas de mí para hacer lo que te gusta de la vida, para ser tú mismo, y perder el miedo al rechazo o abandono de los demás.
Necesitas de mí para ponerle límites a las personas que te lastiman; para que te agarres de valor y aprendas a decir que “no”; para que dejes de mendigar amor con quien no te merece; para que dejes de depender de la existencia de tu pareja para ser feliz; para que de una vez por todas… ¡cuides tu cuerpo!
¿De qué otra manera le habrías puesto atención a tu cuerpo? Digo, probablemente de muchas maneras, pero ésta está funcionando. Necesitas darle el alimento que necesita, dejar de criticar tu físico y agradecerle por lo que te da; haz que sude y que se mueva, ten tus hormonas al día y duerme las horas que necesitas.
¿Por qué te explotas? ¿Por qué te exiges tanto? No entiendo porque lo haces… si lo tienes todo, lo eres todo, tienes toda la capacidad que necesitas para crear tu propia realidad, pero te tratas como tu propio esclavo, eres demasiado severo contigo mismo… y estoy aquí para pedirte que simplemente dejes de hacerlo.
Así es que ya sabes… si realmente quieres que me vaya, toma el timón de ti mismo, pregúntate qué has hecho que te ha sacado de tu equilibrio interior.
Pregúntate realmente cómo quieres vivir y lucha por esa vida, es tu vida, y solamente tú puedes decidir sobre ella… si a los demás no les parece, es porque los estás retando y tarde o temprano te seguirán, y si no… tendrán otra oportunidad, dales chance.
El único control que puedes tomar es el de ti mismo, pero para recuperarlo, tendrás que aceptar que lo has perdido, y que dejes que yo me exprese, que salga a decirte con todos esos síntomas tan horribles que me inventé para decirte algo muy claro, pero si me reprimes y te distraes cada vez que llego… no podré hablarte y vendré más fuerte.
Así es que la próxima vez que me sientas llegar, haz un alto, cierra los ojos… déjate sentir todo lo que te estoy diciendo, apaga tu mente racional por un momento, déjate llevar… y entiéndeme. Después, empieza el cambio en tu vida con acciones claras y específicas, y en menos de que te des cuenta, me iré.
Espero no tener que llegar muchas veces más en tu vida, pero si lo hago… recuerda que no quiero lastimarte, quiero ayudarte a que recuperes tu propio camino de evolución, el camino que si lo tomas, te hará mucho muy feliz.
Y ya para terminar, ojalá que puedas verme como lo que soy: tu esencia.
Soy tú mismo gritándote con desesperación que me escuches por favor. Así es que hola, yo soy tú, hablándote desde el fondo de tu corazón, desesperado tocándolo para que me pongas atención, lo que sientes no es taquicardia, soy yo, tu esencia, que quiere salir de ahí.
Con cariño,
tu esencia disfrazada de ansiedad.
(Fabiola Cuevas)

jueves, 16 de febrero de 2017

LA VIEJA ATORRANTA

Si estuviera en esa situación yo también serìa una vieja atorranta.  

Hace muchos años, cuando era psicólogo muy joven, trabajé en algunos geriátricos. (...) Muchos de ustedes trabajarán o habrán trabajado en alguna institución, y sabrán que lo que tiene que hacer todo el que trabaja en un establecimiento al ingresar es ir a la cocina, porque la cocinera es la que está al tanto de todo lo que pasa.Más que los médicos incluso.
Llegué, entonces, una mañana, me dirigí a la cocina y, como era habitual, le pregunté a la cocinera.-¿Y, Betty, alguna novedad? -Sí, doctor- me llamó así aunque soy licenciado-. ¿Ya vio a la vieja atorranta?
-No - le dije asombrado-. ¿Entró una abuela nueva?
-Sí, una viejita picarona.
Me quedé tomando unos mates con ella y no volví a tocar el tema hasta que entró la enfermera y me dijo:-Gaby, ¿ya viste a la atorranta?-No -le respondí.-Tenés que verla. Se llama Ana.
Lo primero que me llamó la atención fue que utilizara, para referirse a ella, el mismo término que había usado la cocinera:
atorranta. Pero lo cierto es que habían conseguido despertar mi interés por conocerla. De modo que hice mi recorrida habitual por el geriátrico y dejé para el final la visita a la habitación en la que estaba Ana.
En esa hora yo me había estado preguntando de dónde vendría el mote de vieja atorranta. Supuse que, seguramente, debía ser una mujer que cuando joven habría trabajado en un cabaret, o que tendría alguna historia picaresca. Pero no era así. Cuando entré en su habitación me encontré con una abuela que estaba muy deprimida y que casi no podía hablar a causa de la tristeza. Su imagen no podía estar más lejos de la de una vieja atorranta. Me acerqué a ella, me presenté y le pregunté: -Abuela, ¿qué le pasa? Pero ella no quiso hablar demasiado; apenas si me respondió algunas preguntas por una cuestión de educación. Pero un analista sabe que esto puede ser así, que a veces es necesario tiempo para establecer el vínculo que el paciente necesita para poder hablar. Y me dispuse a darle ese tiempo.
 De modo que la visitaba cada vez que iba y me quedaba en silencio a su lado. A veces le canturreaba algún tango. Y, allá como a la séptima u octava de mis visitas la abuela habló: -Doctor, yo le voy a contar mi historia. Y me contó que ella se había casado, como se acostumbraba en su época, siendo muy jovencita, a los 16 años con un hombre que le llevaba cinco. Yo la escuchaba con profunda atención. -¿Sabe? -me miró como avisándome que iba a hacerme una confesión-, yo me casé con el único hombre que quise en mi vida, con el único hombre que deseé en mi vida, con el único hombre que me tocó en mi vida y es el hombre al
que amo y con el que quiero estar. Me contó que su esposo estaba vivo, que ella tenía ochenta y seis años y él noventa y uno y que, como estaban muy grandes, a la familia le pareció que era un riesgo que estuvieran solos y entonces decidieron internarlos en un geriátrico. Pero como no encontraron cupo en un hogar mixto, la internaron a ella en el que yo trabajaba, y a él en otro. Ella en
provincia y él en Capital. Es decir que, después de setenta años
de estar juntos los habían separado. Lo que no habían podido hacer ni los celos, ni la infidelidad, ni la violencia, lo había hecho la
familia. Y ese viejito, con sus noventa y un años, todos los días se
hacía llevar por un pariente, un amigo o un remisse en el horario de visita, para ver a su mujer. Yo los veía agarraditos de la mano, en la sala de estar o en el jardín, mientras él le acariciaba la cabeza y la miraba. Y cuando se tenían que separar, la escena era desgarradora.
¿Y de dónde venía el apodo de vieja atorranta? Venía del hecho de que, como el esposo iba todos los días a verla, ella le había pedido autorización a las autoridades del geriátrico para ver si, al menos una o dos veces por semana, los dejaban dormir la siesta juntos. Y entonces, ellos dijeron: -Ah, bueno... mirá vos la vieja atorranta.
Cuando la abuela me contó esto, estaba muy angustiada y un poco
avergonzada. Pero lo que más me conmovió fue cuando me dijo, agachando la cabeza:-Doctor, ¿qué vamos a hacer de malo a esta edad? Yo lo único que quiero es volver a poner la cabeza en el hombro de mi viejito y que me acaricie el pelo y la espalda, como hizo siempre. ¿Qué miedo tienen? Si ya no podemos hacer nada de malo. Conteniendo la emoción, le apreté la mano y le pedí que me mirara. Y entonces le dije:-Ana, lo que usted quiere es hacer el amor con su esposo. Y no me venga con eso de que ¿qué van a hacer de malo? Porque es maravilloso que usted, setenta años después, siga teniendo las mismas ganas de besar a ese hombre, de tocarlo, de acostarse con él y que él también la desee a usted de esa manera. Y esas caricias, y su cara sobre la piel de sus hombros, es el modo que encontraron de seguir haciéndolo a
esta edad. Pero déjeme decirle algo, Ana: ése es su derecho, hágalo valer. Pida, insista, moleste hasta conseguirlo. Y la abuela molestó.
Recuerdo que el director del geriátrico me llamó a su oficina para
preguntarme: -¿Qué le dijiste a la vieja?-Nada- le dije haciéndome el desentendido- ¿Por qué?
La cuestión fue que con la asistente social del hogar en el que estaba su esposo, nos propusimos encontrar un geriátrico mixto para que estuvieran juntos. Corríamos contra reloj y lo sabíamos. Tardamos cuatro meses en encontrar uno. Sé que, dicho así, parece poco tiempo. Pero cuatro meses cuando alguien tiene más de noventa años, podía ser la diferencia entre la vida y la muerte.
Además ella estaba cada vez más deprimida y yo tenía mucho miedo de que no llegara. Pero llegó. Y el día en el que se iba de nuestro geriátrico fui muy temprano para saludarla, y e cuanto llegué, la cocinera me salió al cruce y me dijo: -No sabés. Desde las seis de la mañana que la vieja está con la valija lista al lado de la puerta. -Yo me reí. Entonces fui a verla y le dije: -Anita, se me va. Y ella me miró emocionada y me respondió: -Sí doctor... Me vuelvo a vivir con mi viejito. -Y se echó en mis brazos llorando.-Ana- le dije- Nunca me voy a olvidar de usted. Y como habrán visto, no le mentí.
Jamás me olvidé de ella, porque aprendí a quererla y respetarla por su lucha, por la valentía con la que defendió su deseo y porque gracias a esa vieja atorranta, pude comprobar que todo lo que había estudiado y en lo que creía, era cierto: que se puede pelear por lo que se quiere aunque se deje la vida en el intento. Y además, porque la abuela me dejó la sensación de que, a pesar de todas las dificultades, cuando alguien quiere sanamente y sus sentimientos son nobles, puede ser que enamorarse sea realmente algo maravilloso y que el amor y el deseo puedan caminar juntos para siempre.
Dejemos el prejuicio y la crítica...seamos tolerantes
( del libro "Encuentros" de Gabriel Rolón) —

domingo, 29 de enero de 2017

Esa palabrita, "amèn"

Me gustaría saber que piensa la gente cuando alguien publica fotos de niños, adultos, viejos o también animales enfermos, entubados, quemados, sangrando o en cualquier otra situación de extremo sufrimiento y en la publicación ponen, "no pase sin dejar un amèn".
Que piensan que ganan con eso, acaso tienen la seguridad de que un amèn  los va a sacar de ese trance, ¡no sean ilusos!. Solo la ciencia de médicos y veterinarios puede sacar a esas personas de algunas de esas situaciones difíciles y muchas veces, ni siquiera ellos.
Estoy segura de que la mayoría de la gente que usa la palabra amèn ni siquiera sabe el significado real de esa palabra, el verdadero significado de esa palabra es "así sea", osea que los que ponen amèn es esas publicaciones lo único que están diciendo es " así sea", "así sea" que, me pregunto Yo?.
Es una palabra sin sentido que solo la pueden usar los incultos. Solo es significativa usándola después de los sermones que dan los curas y pastores en sus discursos irrisorios, ( porque ninguna persona de conciencia y moral necesita de ellos, ya que saben muy bien lo que està bien y lo que està mal) y solo si están de acuerdo con lo que sea que se haya dicho.

martes, 24 de enero de 2017

" Y cuando seamos viejos......

"Y cuando seamos viejos y me digas: 
¿Cómo llegamos juntos hasta aquí? 
Yo te responderé: 
Porque en lugar de gritar, hablamos; en lugar de huir buscamos soluciones. Porque todo y nada era de los dos, porque lloramos y reíamos juntos; porque un día nos prometimos estar en lo bueno y en lo malo y sobre todo porque el amor con el tiempo aumentó en forma de un cariño que no muere nunca."


jueves, 29 de diciembre de 2016

La luz en la ventana...





Si han seguido leyendo mis entradas del blog, seguro me conocen bien, pues he desnudado mi vida y mi pensamiento en muchas de mis publicaciones.
Por las dudas de que se sume alguien que no sabe nada de mi les cuento que soy una señora casada desde hace 46 años que tengo una hija divorciada de 44 y una nieta de 21 que son mi debilidad y mi orgullo, son personas muy inteligentes e independientes. mi esposo y yo vivimos en un ranchito pequeño en el fondo de una parcela que compartimos con ellas que tienen su casita en el frente.
Las dos trabajan , tienen sus actividades y amistades.
Por lo general los viernes y sàbados siempre salen, van a casa de amigos, cenar, bailar, en una palabra, a divertirse..
Siempre que falta alguna de las dos en la casa dejan la luz de la cocina prendida, y yo puedo verla desde mi dormitorio..
Me cuesta dormirme cuando la luz esta encendida, porque se que alguna de ellas no esta en casa y aunque Uruguay es uno de los países de sur América mas seguro,  esto no quiere decir que no suceda nada.
todo lo contrario, hay arrebatos, rapiñas y en menor medida violencia de genero, homicidios y otros delitos.
Por eso hasta que la luz de la cocina no se apaga no puedo estar tranquila y conciliar el sueño como es debido.

sábado, 17 de diciembre de 2016

LOS BOTONES DE MI MADRE


Deshacer la casa de tus padres es el siguiente escalón a enterrarlos, un duro
trago que se hace con una mezcla de ternura, emoción y tristeza infinita.
Es rescatar recuerdos, encontrar pequeños tesoros que no recordabas o que
ni siquiera sabías que existían.
Te sientes como un ladrón abriendo cajones cerrados con llave, como un
intruso que husmea en intimidades ajenas. Encuentras tu propio pasado,
recuerdos de infancia, la tuya, la de tus padres, incluso la de tus abuelos,
mezclados con trazas de tus propios hijos, fotos, dibujos “para la mejor abuela”,
tarjetas…. Podrías pasar días, semanas, quieres terminar de organizarlo pero
también quieres que nunca acabe, que continúe como metáfora de aquel primer
cordón umbilical, como esa última oportunidad de sentir su olor, todavía en
los armarios llenos de sus ropas. En una de esos ratos de lágrimas y de sonrisas,
encontré los botones de mi madre, un enorme regalo para la imaginación y la
reflexión. He pasado dos tardes clasificándolos, mirándolos, casi mimándolos
y al final dejando plasmada su existencia en esta foto como un homenaje a la
mujer excepcional a muchos niveles que fue mi madre. Pero muchos de sus
atributos son comunes a una generación de mujeres, aquellas que fueron niñas
de la guerra y la posguerra pasando hambre y miedo, adolescentes y jóvenes
con una educación limitada (“ser médico es de hombres”), mujeres siempre
a la sombra y tutela primero de padres y luego de maridos (la generación que
ni siquiera podía abrir una cuenta en el banco o tener una propiedad si no era
con un varón) pero excelentes economistas que eran capaces de ahorrar, de
dirigir familias numerosas, fantásticas cocineras, cuidadoras dedicadas, maestras
de vida. Mujeres que individualmente no han hecho historia pero que como
generación trabajaron para levantar un país en ruinas y para que sus hijos
fuéramos mejores y tuviéramos más que ellas
mismas. Unas luchadoras. Los botones de mi madre me han contado muchas
cosas; he encontrado el pasado familiar en formas varias y materiales diversos:
cuero, nácar, metal, madera, plástico….; leo historias en botones de los años 50
que reconozco en una foto amarillenta de mi abuela, los de las trencas infantiles,
ropa de fiesta, de batas de estar en casa, los del uniforme de gala de ingeniero
agrónomo de mi padre, de las camisas de los babis del colegio, botones
minúsculos de ropitas de bebé, botones forrados….hay cientos de botones,
algunos preciosos, otros horribles. Resulta que en mi casa nunca se tiraba un
botón, cuando una prenda se jubilaba, se guardaban los botones y se hacía
trapos con la tela. Un eterno “por si acaso” y un constante
“esto ha costado dinero”. Y en estos cientos de botones leo el salto generacional
e intuyo cómo hemos cambiado y quizás, lo que hemos perdido. Vivimos en una
sociedad de usar y tirar, de “obsolescencia programada”, de reciclar como moda
y no como costumbre, de no apreciar que las cosas cuestan un dinero, cuestan un
trabajo y un esfuerzo; ahora somos de comprar y consumir a marchas forzadas.
Consumistas pertinaces y obsesivos. Vivimos en una sociedad siempre con prisas, descentrada, incapaz de parar a realizar tareas sencillas o poco llamativas, hemos
dejado de encontrar placer en la simplicidad de las cosas, vivimos con un pie en la
virtualidad de las redes sociales. Nuestra atención siempre dividida. Vivimos en
una sociedad en la que la palabra “ahorro” se vio sustituida por la palabra “crédito”
hace tiempo, donde en vez de prever el futuro, reservar por si se necesita, se gasta
por adelantado. No solo no se guardan esos botones sino que se compran botones
sin tener cómo pagarlos. Vivimos en una sociedad con las mujeres completamente incorporadas al mundo laboral, dejando en las casas ese hueco que nadie puede
ni podrá cubrir (y que conste que a feminista no me gana nadie); nuestras madres,
“de profesión: sus labores”, hacían esa función que aunque no reconocida ni pagada
era inmensa y que a veces incluía reciclar botones y otras no faltar ni un solo día a
abrirnos la puerta al volver del cole, o prepararnos la merienda, acudir a las
funciones del colegio, ayudarnos con las tareas de “pre tecnología”, echarnos
mercromina en las rodillas o atendernos con el “tengo sed” de por la noche. Y no,
hay cosas que solo una madre puede hacer como una madre, incluso el padre más
entusiasta y dedicado es un sucedáneo de lujo pero sucedáneo al fin. Y creo que al
menos mi madre no vivía frustrada ni alienada, al revés, sabía que hacía su trabajo
y que lo hacía bien. Ella, que siempre hubo querido ser médico, fue hasta el final,
una madre entregada, buen ejemplo de su generación. Mujer sin mediocridades,
sin ser madre, esposa o profesional a tiempo parcial y sin nunca poder darlo todo.
Y además, de premio, con un poco más de tiempo para arreglarse, organizar cenas
con los amigos o salir de fiesta (eso también me lo dicen también los botones…..).
Las mujeres de ahora, nos hemos liberado….nos hemos liberado…..¿nos hemos
liberado? La bolsa de botones se ríe de mi. Lo que no sé es cuantos botones faltan,
cuantos realmente fueron de utilidad, cuales se injertaron en otra prenda; la bolsa
solo tiene los que nunca llegaron a ver más vida que la foto en la que ahora quedan inmortalizados. Y es que al final, la vida quizás sea solo eso, una enorme bolsa de
botones. PS: Con todo el cariño y agradecimiento a mis hermanas por su tiempo y generosidad. Deshacer una casa y hacerlo bien, es poner un lazo a una familia que
ha sido feliz. Autor desconocido.