miércoles, 1 de abril de 2015

Un baño de bondad.




—¡Qué ocurrencia venir a la India en una moto amarilla!—me dijo un hombre de baja estatura mientras yo caminaba junto al Ganges. Cerca de allí había una hoguera en la que ardía el cuerpo de un recién fallecido. Leyó bien: estaban quemando un cadáver al aire libre para después echar sus cenizas al río sagrado. Los hindúes creen que si uno muere y es arrojado al Ganges, no tiene que reencarnar: un anhelo de todos los adeptos al hinduismo, me dijeron.
Era la más reciente muestra de rechazo de las muchas que había sufrido ese día de camino al famoso río. Había ido a la India como parte de un proyecto de dar la vuelta al mundo ayudado por la generosidad ajena. Unos meses antes había dejado la comodidad de mi hogar en Los Ángeles, California, y ahora manejaba una moto amarillavintage (a menudo averiada) en otro continente, sin comida, dinero, ni alojamiento. Me había fijado la regla de aceptar todo ofrecimiento de comida y hospedaje, mas no de dinero. No pretendía viajar gratis, sino compartiendo gastos y beneficios. De hecho, pensaba que al volver a casa daría dinero a algunas de las personas que hubiera conocido para ayudarlas. Quería, en suma, reconectarme con el mundo y ayudar a otros a hacer lo mismo.
A esas alturas ya había recorrido el trayecto hasta Nueva York y cruzado el Atlántico en un buque carguero para reanudar el viaje en moto. Algunos días y semanas eran mucho más duros que otros, cuando parecía que nadie quería darme una mano. Me senté a la orilla del Ganges, tan exhausto que no hacía más que mirar el agua, el humo, el lugar extraño donde me encontraba. Un hombre mayor pasó a mi lado, se detuvo y me preguntó qué hacía. No sabía qué responderle. Estaba cansado de pedir ayuda y recibir solo negativas.
—No lo sé —dije al fin.
—Un día usted también terminará así —señaló, refiriéndose a las piras funerarias que ardían a nuestro alrededor—. Viva en el momento y no pierda este tiempo.
Se alejó sin más, pero sus palabras calaron en mí. Aquellos pequeños instantes —como contemplar la puesta del sol en una granja de Nebraska o tomar el té con un nuevo amigo en Turquía— eran imperecederos.
De pronto, la India dejó de ser un purgatorio sobrepoblado y se volvió un mundo de detalles, de historias sin fin, de magia en medio del caos. Mi tarea era quedarme en el momento. Seguí andando junto al Ganges, y al poco rato conocí a Dilip, un joven barquero que ofreció llevarme a dar un baño en el río. Era bajito y delgado, pero tenía los brazos musculosos a fuerza de trabajo arduo.
En la mitología griega, Caronte es el barquero que conduce las almas de los muertos por el río Estigia hasta el Hades, el inframundo. Al subir a la barca de Dilip en el turbio Ganges para nadar en él, esperaba no acabar pronto en el mundo de los muertos. Porque sumergirse en el Ganges no es como hacerlo en las aguas azules del lago de Como. Aunque es uno de los ríos más sagrados del mundo, también se cuenta entre los más sucios. Yo había visto flotar en la corriente animales muertos: un perro, dos vacas y otros imposibles de identificar.
Dicen que bañarte en el Ganges te purifica de todo dolor y sufrimiento, pero mientras surcábamos esas aguas lóbregas le pregunté a Dilip:
—¿Nadaste alguna vez aquí?
—Sí —contestó, obviamente ajeno a mi intranquilidad—. Muchos lo hacen, y yo no soy la excepción.

Luego supe que Dilip pertenecía a una de las castas inferiores de la India. Aunque no era un paria, ocupaba un sitio lo bastante bajo para que, en su mundo, el oficio de barquero equivaliera casi al de rey.

Dilip detuvo por fin la barca en la orilla. Era hora de conseguir la purificación, sin contraer, esperaba yo, una tifoidea mortal.
—¿Seguro que es prudente hacer esto? —le pregunté con inquietud mientras nos desvestíamos hasta quedar en calzoncillos.
—Sí —dijo él—. Nadar en el Ganges purificará tu karma. —Me tendió un enorme paño rojo para que me lo ciñera a la cintura y miró el río—. Éste es Dios. Al percibir las vibraciones, no dejes de pensar ni de cambiar.

Luego de decir juntos una oración, metí los pies en el agua fría, lleno de aprensión. Adelantándose con un movimiento rápido, Dilip se sumergió y se tiró agua en la cara. Avanzando otro poco, le pregunté:
—¿Hacés esto a diario?
Él asintió.
—¿Y no te enfermás?
Negó con la cabeza, y yo insistí:
—¿Bebés el agua?
—Sí —repuso, y tomó un trago.

Cerca de allí se celebraba una boda en otra embarcación. El sol empezaba a bajar, y Dilip fue a una parte más honda. Miré a mi alrededor, y por un instante sentí que no estaba en la Tierra, sino en las antiguas leyendas de los dioses griegos que había leído en la escuela. Pensé en todos los héroes que habían cruzado el río en la barca de Caronte: Hércules, Orfeo, Dioniso y, desde luego, Odiseo. Todos volvieron renovados al mundo de los vivos, y más sabios para el viaje. Si ellos pudieron, ¿por qué yo no?

Mientras nos bañábamos en el río le dije a Dilip:
—Comencé mi viaje en el letrero de Hollywood de Los Ángeles —una meca del capitalismo—, y heme aquí en el Ganges, el lugar más sagrado para los hindúes, con vos, a quien acabo de conocer.
—Sí —contestó él sonriendo—, porque la vida nos devuelve todas las cosas buenas que hacemos.

Me tomó de la mano y pronunció una bendición en hindi haciéndome repetir cada frase. Proveníamos de distintas partes del mundo, y estábamos juntos en el Ganges purificando nuestras almas.
Al salir del río Dilip me ofreció alojamiento en su casa. Fuimos a pie a donde vivía con su esposa, Dharmin, y sus dos hijos varones, Amrit, de cinco años, y Ashish, de dos. En la cena Dilip me dijo que Amrit antes iba a la escuela, pero que habían tenido que sacarlo.
—La escuela cuesta mucho —explicó—, y algunas veces no consigo suficientes pasajeros.
En Occidente vemos la educación como un derecho, pero en la India les cuesta y mucho a quienes apenas tienen para comer. Yo no había valorado la que recibí. Detestaba la escuela, pero no me concebía sin ella. Fue allí donde me enamoré de los episodios de la historia, donde hice girar mi primer globo terráqueo y vi todos los lugares que esperaba conocer. Y aunque no aprobé química ni álgebra, también aprendí a conocer gente nueva y hacer amigos. Al mirar a los hijos de Dilip, me dolió que ellos no tuvieran la misma oportunidad. El poder de la educación, ya sea la tradicional o la estimulada por la imaginación, puede cambiar de rumbo una vida.
Al ponerse el sol fui con ellos a dar un paseo por la ribera. Dilip llevaba en brazos a Ashish, lanzándolo hacia arriba y colmándolo de afecto. Es este amor, pensé, lo que nos mantiene vivos hasta mucho después de morir. Los hijos prolongan nuestra existencia más allá de la muerte y nos llevan a lo desconocido. Dilip me confió que quería darles a sus hijos una vida mejor que la que él tuvo de niño.
—Yo les enseño —dijo, y entonces se le nublaron los ojos con lágrimas de determinación.
—¿Vos solo? —pregunté.
—Sí, por la noche, cuando vuelvo a casa. Problemas de dinero los hay siempre, en todas partes. ¿Quién no tiene problemas de dinero?

Volvió a sorprenderme que un hombre que nada tenía mostrara una aceptación tan profunda de un mundo que tiene tanto. Había salido del sistema de castas solo para luchar por que sus hijos hicieran lo mismo. Aceptaba la situación al tiempo que luchaba contra ella.
—Porque si soy una persona buena y honrada —añadió—, quizá la vida me premie con ayuda para mi familia.
Le di las gracias por su cobijo, por su bondad, pero sobre todo por enseñarme a aceptar el momento en que estoy. Acaso la aceptación y la lucha no tengan que estar en conflicto. Tal vez yo podía aceptar mi hogar y aun así estar dispuesto a cuestionarlo, a cuestionar mi comodidad y mi felicidad. Quizás al hacerlo no me sentiría satisfecho de mí mismo.
Decidí explicarle a Dilip la otra parte de mi viaje, la de dar algo a cambio de lo recibido.
—Para mí, la educación no es solo aprender cosas en la escuela —dije—. Es aprender sobre la vida, aprender a soñar. Por eso me gustaría, si estás de acuerdo, costear la educación de tus dos hijos hasta que tengan 18 años. A Dilip se le esfumó la sonrisa.
—¿Dieciocho años? —farfulló, y temí que se molestara—. No es algo fácil de asimilar...
Empezó a mecerse de atrás para adelante, sin dejar de mirar el agua.
—Me dijiste que no querés que tus hijos hagan lo que vos hacés —me vi de pronto empeñado en convencerlo—. Dijiste que sos amable porque nunca se sabe lo que puede ocurrir si se tienen atenciones para con los demás. Decís que todos los días procedes bien para que cambie tu vida. Por eso, ahora tus hijos tendrán la oportunidad de llevar una vida de personas con instrucción.
En el rostro se le dibujó lentamente una sonrisa y los ojos se le volvieron a humedecer conforme lo asimilaba todo. Me lanzó una mirada profunda y, riendo, me dijo:
—¿Ayudarás a mis hijos? ¿Te ocuparás de su futuro y su educación? ¡Me alegro mucho! ¡Voy a decírselo a mi esposa! ¡Se alegrará tanto!
Su emoción era contagiosa. Sabía mejor que yo lo que representaba ese regalo, porque no era para una sola persona. Al igual que la energía de aquel poblado, los regalos eran como música que puede ser compartida por muchas personas. Así como Dilip había roto los estereotipos haciéndose barquero, también sus hijos yendo a la escuela. ¿Quién sabía cuántas veces podía esa llama encender otras?
Abracé a Dilip y a sus hijos, y le pedí al niño mayor que me mandara una tarjeta postal cada año contándome cómo le iba en la escuela. Y así es como terminé dando lo único que siempre detesté y que de mala gana agradezco: la escuela.

domingo, 29 de marzo de 2015

Las locas...





Brindemos por las locas, por las inadaptadas
por las rebeldes, por las alborotadoras,
por las que no encajan
por las que ven las cosas de una manera diferente.
No les gustan las reglas y no respetan el status-quo.
Las puedes citar, no estar de acuerdo con ellas
glorificarlas o vilipendiarlas.
Pero lo que no puedes hacer es ignorarlas.
Porque cambian las cosas.
Empujan adelante la raza humana.
Mientras algunos las vean como locas
nosotras vemos el genio.
Porque las mujeres que se creen tan locas
como para pensar que pueden cambiar el mundo son las que lo hacen"
Jack Kerouac ~ 

sábado, 28 de marzo de 2015

Para mi nieta en su vigésimo cumpleaños.





Sí, hoy cumplís veinte años, mi niña ya es una mujercita,
una mujercita de la que estoy orgullosa,
una mujercita por la cual doy mi vida.
Una mujercita inteligente, sensible, humilde,
excelente persona, buena hija y mejor nieta.
Le agradezco a la vida el dejarme recorrer
todo este tiempo a tu lado, viéndote crecer,
viendo como saliste del capullo y te convertiste,
desde un gusanito indefenso,
en una hermosa mariposa que hoy vuela sola,
 muy segura de si misma, que sabe lo que esta bien
y lo que esta mal y siempre toma el camino correcto.
Seguí así, no cambies nunca, no se cuanto tiempo mas 
seguiré estando a tu lado, solo el destino lo sabe,
pero sea el tiempo que sea quiero que sepas
que tu abuela te ama con toda el alma y que podes 
contar conmigo hasta que de mi ultimo suspiro.
Como te digo siempre, " sos el aire que respiro",
 TE AMO.

Tu Abu.

Cuento para pensar

Esta es la historia de cuatro velas que lentamente se quemaban en una pequeña habitación. El lugar era tan silencioso que hasta se podía escuchar la conversación que mantenían entre ellas.
La primera de las velas dijo: YO SOY LA PAZ, pero lamentablemente las personas no consiguen mantenerme encendida. No sé cuánto tiempo más me mantendré iluminando hasta que me apague – fue terminar de decir eso y dejo de alumbrar.
La segunda dijo: YO ME LLAMO autoestima, lamentablemente mi llama es muy superflua. Son pocos los que quieren saber de mí, no encuentro sentido para permanecer encendida. Fue terminar de hablar y la suave brisa que corría por la habitación la apagó.
Muy triste la tercera de las velas dijo: YO SOY EL AMOR, no tengo más fuerza para seguir iluminando, nadie me aprecia y todos me hacen a un lado. La gente hasta se olvida de su círculo más cercano e incluso los que han recibido mucho de mí, me dan la espalda. Y sin más se apagó.
De pronto entro en la habitación un niño y al ver las tres velas apagadas dijo: ¿QUE ES ESTO? Por favor ustedes deben estar encendidas hasta el final – y se echo a llorar.
No tengas miedo – dijo la última de las velas que permanecía intacta – Mientras yo tenga fuego podremos encender a las demás. YO SOY LA ESPERANZA. El niño con los ojos todavía llorosos, tomo la vela y encendió a las demás.

viernes, 27 de marzo de 2015

Más que un viaje en taxi

Un encuentro fortuito puede cambiar para siempre una vida.
Publicado por Irving Stern, condensado de New York Newsday

Durante 28 años, tres meses y 12 días manejé un taxi en la Ciudad de Nueva York. Si alguien me preguntara qué desayuné ayer, probablemente no lo recordaría. Pero lo que nunca olvidaré es a cierto pasajero a quien llevé en mi auto.
Era una soleada mañana de lunes, en la primavera de 1966. Circulaba por la avenida York en busca de pasajeros, pero hacía un tiempo tan espléndido que poca gente quería encerrarse en un taxi. Acababa de detenerme en un semáforo justo enfrente del Hospital de Nueva York, cuando alcancé a ver a un hombre bien vestido que bajaba a toda prisa por la escalinata del hospital y me hacia señas de que lo esperara. En ese momento la luz del semáforo cambió a verde. El conductor que iba detrás de mí tocó la bocina con impaciencia, y oí el silbatazo de un agente de tránsito, pero yo no estaba dispuesto a perder aquel cliente. Por fin llegó el hombre y subió.

—Al Aeropuerto LaGuardia, por favor —me dijo—. Y gracias por haberme esperado.
¡Que bien!, pensé. A esa hora había mucha actividad en el aeropuerto y, con un poco de suerte, podría regresar a la ciudad con otro pasajero. Como siempre, sentí curiosidad por saber cómo era mi cliente. Me pregunté si le gustaría charlar, o sería de los que no abren la boca o esconden la cara tras un diario. Instantes después, el señor inició la conversación de una manera muy poco original:
—¿Le gusta ser taxista?

Como era una pregunta trillada, le di una respuesta trillada:

—No me quejo. Es un trabajo que me da para vivir y me permite conocer gente interesante. Pero si me ofrecieran un empleo donde ganara 100 dólares más a la semana, lo tomaría. Usted haría lo mismo, ¿o no?
—Yo no cambiaría de empleo aunque me pagaran 100 dólares menos a la semana —repuso.
Su contestación me desconcertó. Jamás había oído cosa semejante, así que le pregunté:

—¿A qué se dedica usted?
—Trabajo en el departamento de neurología del Hospital de Nueva York —respondió.
Siempre me ha interesado la gente y he procurado aprender algo de ella. Más de una vez, durante un recorrido largo, se creó entre mi pasajero y yo una corriente de simpatía, y muy a menudo recibí excelentes consejos de un contador, un abogado o un plomero. Quizá se haya debido a que este cliente en particular amaba su trabajo, o tal vez fue por la agradable atmósfera que se respiraba aquella mañana de primavera, pero el caso es que decidí pedirle ayuda. Ya estábamos cerca del aeropuerto y no había tiempo que perder.
—¿Podría pedirle un gran favor? —como no obtuve respuesta, proseguí—. Tengo un hijo de 15 años; es un buen chico y le va muy bien en la escuela. A mi esposa y a mí nos gustaría enviarlo a algún campamento en el verano, pero él quiere trabajar. El problema es que nadie contrata a un muchacho tan joven a menos que su padre conozca a alguien que sea dueño de un negocio, y yo no conozco a nadie que me pueda dar una mano —hice una pausa—. ¿Hay alguna posibilidad de que usted le consiga un empleo para las vacaciones, aunque no se le pague?
Mi pasajero seguía callado, y yo empecé a sentirme incómodo por haber tocado ese tema. Sin embargo, cuando llegamos a la rampa que conduce a las terminales, me dijo:

—Mire usted, los estudiantes de medicina del hospital van a hacer un trabajo de investigación en el verano. Quizá su hijo pueda ayudar en algo. Dígale que me envíe una copia de su historial escolar.
Buscó una tarjeta personal en su bolsillo, pero no la encontró.
—¿Tiene usted algún pedazo de papel? —me preguntó.
Arranqué una tira de la bolsa donde llevaba mi almuerzo, y él anotó algo en ella, me pagó y se fue. Jamás lo volví a ver. Esa noche, reunido con mi familia a la mesa del comedor, saqué del bolsillo de mi camisa la tira de papel.
—Robbie —anuncié con orgullo—, tal vez con esto puedas conseguir un empleo para el verano.
Mi hijo tomó la tira de papel y la leyó en voz alta:
—Doctor Fred Plum. Hospital de Nueva York.
Al día siguiente, mi hijo envió su historial escolar. Dos semanas después, cuando volví a casa del trabajo, Robbie me recibió con cara de felicidad. Me entregó una carta dirigida a él y escrita en fino papel grabado en relieve. El membrete decía: “Dr. Fred Plum, Director de Neurología, Hospital de Nueva York”. Robbie debía comunicarse con la secretaria del doctor Plum para concertar una entrevista.
Le dieron el empleo. Trabajó dos semanas como voluntario, y el resto del verano le pagaron 40 dólares semanales. El siguiente verano Robbie trabajó de nuevo en el hospital, pero esta vez le asignaron más responsabilidades. Al acercarse la fecha en que iba a graduarse del secundario, el doctor Plum tuvo la gentileza de darle cartas de recomendación para que pudiera ingresar en una escuela superior. Nos alegramos muchísimo al saber que Robbie había sido aceptado en la Universidad Brown, en Providence, Rhode Island.
Por tercera ocasión trabajó durante el verano en el hospital, y poco a poco le fue tomando cariño a la profesión médica. Poco antes de terminar la licenciatura, presentó solicitud de ingreso en varias escuelas de medicina para hacer un posgrado. Nuevamente, el doctor Plum le dio cartas de recomendación en las que hablaba favorablemente de la capacidad de mi hijo y de su personalidad. Robbie fue aceptado en el Colegio de Medicina de Nueva York y, una vez que obtuvo el título, hizo una residencia de cuatro años para especializarse en ginecoobstetricia. El doctor Robert Stern, hijo de un modesto taxista, llegó a ser jefe de residentes de su especialidad en el Centro Médico Presbiteriano de la Universidad de Columbia, en la Ciudad de Nueva York.
Algunos dirán que fue cosa del destino, y quizá tengan razón. Sea como haya sido, lo que he relatado aquí demuestra que de un encuentro fortuito pueden surgir grandes oportunidades, incluso de algo tan simple como un viaje en taxi. Irving Stern tiene 92 años y aún vive en Brooklyn. Su hijo Robbie (ahora el doctor Robert Stern) y el doctor Plum se enviaron tarjetas de Navidad todos los años, hasta la muerte de Plum, en 2010. Hoy día el doctor Stern es ginecoobstetra especialista del grupo Health-Quest Medical Practice, en Fishkill, Nueva York. Tiene un hijo que es cardiólogo, y dos hijas, una dentista y la otra abogada. “Quizá le deba todo esto al doctor Fred Plum”, dice. “Nunca lo olvidaré”.

domingo, 22 de marzo de 2015

Les quiero contar algo, soy Fidel.... Otro poema para niños.










Me nombraron Fidel,
me gusta mi nombre,
según me dijeron
quiere decir fiel.

Soy un cimarrón
y muy juguetón,
me miman demasiado,
soy un mal criado.

En mi cucha tibia
duermo cuando quiero,
eso sí denoche siempre
estoy alerta,cuidando
los sueños de mis buenos dueños.

Al papá de  casa
le tengo respeto,
con mamá y hermanas
hago lo que quiero.

Les tiro la ropa,
 les salto, las babeo,
y aunque me rezongan
no les tengo miedo.

Que lindo es tener
una gran familia,
que me ame,, me cuide,
me bañe, me mime.

Y todas las mañanas
lo primero que hagan
sea alimentarme, cambiarme
el agua y jugar conmigo.