sábado, 28 de marzo de 2015

Cuento para pensar

Esta es la historia de cuatro velas que lentamente se quemaban en una pequeña habitación. El lugar era tan silencioso que hasta se podía escuchar la conversación que mantenían entre ellas.
La primera de las velas dijo: YO SOY LA PAZ, pero lamentablemente las personas no consiguen mantenerme encendida. No sé cuánto tiempo más me mantendré iluminando hasta que me apague – fue terminar de decir eso y dejo de alumbrar.
La segunda dijo: YO ME LLAMO autoestima, lamentablemente mi llama es muy superflua. Son pocos los que quieren saber de mí, no encuentro sentido para permanecer encendida. Fue terminar de hablar y la suave brisa que corría por la habitación la apagó.
Muy triste la tercera de las velas dijo: YO SOY EL AMOR, no tengo más fuerza para seguir iluminando, nadie me aprecia y todos me hacen a un lado. La gente hasta se olvida de su círculo más cercano e incluso los que han recibido mucho de mí, me dan la espalda. Y sin más se apagó.
De pronto entro en la habitación un niño y al ver las tres velas apagadas dijo: ¿QUE ES ESTO? Por favor ustedes deben estar encendidas hasta el final – y se echo a llorar.
No tengas miedo – dijo la última de las velas que permanecía intacta – Mientras yo tenga fuego podremos encender a las demás. YO SOY LA ESPERANZA. El niño con los ojos todavía llorosos, tomo la vela y encendió a las demás.

viernes, 27 de marzo de 2015

Más que un viaje en taxi

Un encuentro fortuito puede cambiar para siempre una vida.
Publicado por Irving Stern, condensado de New York Newsday

Durante 28 años, tres meses y 12 días manejé un taxi en la Ciudad de Nueva York. Si alguien me preguntara qué desayuné ayer, probablemente no lo recordaría. Pero lo que nunca olvidaré es a cierto pasajero a quien llevé en mi auto.
Era una soleada mañana de lunes, en la primavera de 1966. Circulaba por la avenida York en busca de pasajeros, pero hacía un tiempo tan espléndido que poca gente quería encerrarse en un taxi. Acababa de detenerme en un semáforo justo enfrente del Hospital de Nueva York, cuando alcancé a ver a un hombre bien vestido que bajaba a toda prisa por la escalinata del hospital y me hacia señas de que lo esperara. En ese momento la luz del semáforo cambió a verde. El conductor que iba detrás de mí tocó la bocina con impaciencia, y oí el silbatazo de un agente de tránsito, pero yo no estaba dispuesto a perder aquel cliente. Por fin llegó el hombre y subió.

—Al Aeropuerto LaGuardia, por favor —me dijo—. Y gracias por haberme esperado.
¡Que bien!, pensé. A esa hora había mucha actividad en el aeropuerto y, con un poco de suerte, podría regresar a la ciudad con otro pasajero. Como siempre, sentí curiosidad por saber cómo era mi cliente. Me pregunté si le gustaría charlar, o sería de los que no abren la boca o esconden la cara tras un diario. Instantes después, el señor inició la conversación de una manera muy poco original:
—¿Le gusta ser taxista?

Como era una pregunta trillada, le di una respuesta trillada:

—No me quejo. Es un trabajo que me da para vivir y me permite conocer gente interesante. Pero si me ofrecieran un empleo donde ganara 100 dólares más a la semana, lo tomaría. Usted haría lo mismo, ¿o no?
—Yo no cambiaría de empleo aunque me pagaran 100 dólares menos a la semana —repuso.
Su contestación me desconcertó. Jamás había oído cosa semejante, así que le pregunté:

—¿A qué se dedica usted?
—Trabajo en el departamento de neurología del Hospital de Nueva York —respondió.
Siempre me ha interesado la gente y he procurado aprender algo de ella. Más de una vez, durante un recorrido largo, se creó entre mi pasajero y yo una corriente de simpatía, y muy a menudo recibí excelentes consejos de un contador, un abogado o un plomero. Quizá se haya debido a que este cliente en particular amaba su trabajo, o tal vez fue por la agradable atmósfera que se respiraba aquella mañana de primavera, pero el caso es que decidí pedirle ayuda. Ya estábamos cerca del aeropuerto y no había tiempo que perder.
—¿Podría pedirle un gran favor? —como no obtuve respuesta, proseguí—. Tengo un hijo de 15 años; es un buen chico y le va muy bien en la escuela. A mi esposa y a mí nos gustaría enviarlo a algún campamento en el verano, pero él quiere trabajar. El problema es que nadie contrata a un muchacho tan joven a menos que su padre conozca a alguien que sea dueño de un negocio, y yo no conozco a nadie que me pueda dar una mano —hice una pausa—. ¿Hay alguna posibilidad de que usted le consiga un empleo para las vacaciones, aunque no se le pague?
Mi pasajero seguía callado, y yo empecé a sentirme incómodo por haber tocado ese tema. Sin embargo, cuando llegamos a la rampa que conduce a las terminales, me dijo:

—Mire usted, los estudiantes de medicina del hospital van a hacer un trabajo de investigación en el verano. Quizá su hijo pueda ayudar en algo. Dígale que me envíe una copia de su historial escolar.
Buscó una tarjeta personal en su bolsillo, pero no la encontró.
—¿Tiene usted algún pedazo de papel? —me preguntó.
Arranqué una tira de la bolsa donde llevaba mi almuerzo, y él anotó algo en ella, me pagó y se fue. Jamás lo volví a ver. Esa noche, reunido con mi familia a la mesa del comedor, saqué del bolsillo de mi camisa la tira de papel.
—Robbie —anuncié con orgullo—, tal vez con esto puedas conseguir un empleo para el verano.
Mi hijo tomó la tira de papel y la leyó en voz alta:
—Doctor Fred Plum. Hospital de Nueva York.
Al día siguiente, mi hijo envió su historial escolar. Dos semanas después, cuando volví a casa del trabajo, Robbie me recibió con cara de felicidad. Me entregó una carta dirigida a él y escrita en fino papel grabado en relieve. El membrete decía: “Dr. Fred Plum, Director de Neurología, Hospital de Nueva York”. Robbie debía comunicarse con la secretaria del doctor Plum para concertar una entrevista.
Le dieron el empleo. Trabajó dos semanas como voluntario, y el resto del verano le pagaron 40 dólares semanales. El siguiente verano Robbie trabajó de nuevo en el hospital, pero esta vez le asignaron más responsabilidades. Al acercarse la fecha en que iba a graduarse del secundario, el doctor Plum tuvo la gentileza de darle cartas de recomendación para que pudiera ingresar en una escuela superior. Nos alegramos muchísimo al saber que Robbie había sido aceptado en la Universidad Brown, en Providence, Rhode Island.
Por tercera ocasión trabajó durante el verano en el hospital, y poco a poco le fue tomando cariño a la profesión médica. Poco antes de terminar la licenciatura, presentó solicitud de ingreso en varias escuelas de medicina para hacer un posgrado. Nuevamente, el doctor Plum le dio cartas de recomendación en las que hablaba favorablemente de la capacidad de mi hijo y de su personalidad. Robbie fue aceptado en el Colegio de Medicina de Nueva York y, una vez que obtuvo el título, hizo una residencia de cuatro años para especializarse en ginecoobstetricia. El doctor Robert Stern, hijo de un modesto taxista, llegó a ser jefe de residentes de su especialidad en el Centro Médico Presbiteriano de la Universidad de Columbia, en la Ciudad de Nueva York.
Algunos dirán que fue cosa del destino, y quizá tengan razón. Sea como haya sido, lo que he relatado aquí demuestra que de un encuentro fortuito pueden surgir grandes oportunidades, incluso de algo tan simple como un viaje en taxi. Irving Stern tiene 92 años y aún vive en Brooklyn. Su hijo Robbie (ahora el doctor Robert Stern) y el doctor Plum se enviaron tarjetas de Navidad todos los años, hasta la muerte de Plum, en 2010. Hoy día el doctor Stern es ginecoobstetra especialista del grupo Health-Quest Medical Practice, en Fishkill, Nueva York. Tiene un hijo que es cardiólogo, y dos hijas, una dentista y la otra abogada. “Quizá le deba todo esto al doctor Fred Plum”, dice. “Nunca lo olvidaré”.

domingo, 22 de marzo de 2015

Les quiero contar algo, soy Fidel.... Otro poema para niños.










Me nombraron Fidel,
me gusta mi nombre,
según me dijeron
quiere decir fiel.

Soy un cimarrón
y muy juguetón,
me miman demasiado,
soy un mal criado.

En mi cucha tibia
duermo cuando quiero,
eso sí denoche siempre
estoy alerta,cuidando
los sueños de mis buenos dueños.

Al papá de  casa
le tengo respeto,
con mamá y hermanas
hago lo que quiero.

Les tiro la ropa,
 les salto, las babeo,
y aunque me rezongan
no les tengo miedo.

Que lindo es tener
una gran familia,
que me ame,, me cuide,
me bañe, me mime.

Y todas las mañanas
lo primero que hagan
sea alimentarme, cambiarme
el agua y jugar conmigo.




sábado, 21 de marzo de 2015

Todos podemos ayudar...







Que fácil podría ser la vida de todos los humanos si nos diéramos cuenta que no se necesita mucho para ser feliz.
Si no fuéramos tan egoístas, si fuéramos mas compasivos, si no pensáramos mas que en nosotros mismos y ayudáramos mas.
Si los ricos ayudaran a los mas desprotegidos, donando algo de lo mucho que tienen. y los que pertenecemos a la clase media ayudáramos también, porque la ayuda no siempre tiene que ser monetaria, se puede ayudar de mil maneras.
Cuanto mejor seria este mundo de desiguales, si cada uno de nosotros aportáramos nuestro granito de arena a la sociedad.
Si tenemos algún oficio o sabemos algo con lo que podemos colaborar con nuestro tiempo a ayudar a algún vecino a arreglar algo, aun sabiendo que no tiene el dinero para pagarnos, el saber que hicimos un acto de bien es suficiente pago para el alma y nos vamos a sentir muy bien, al menos a mi me pasa. Tengo una vecina que siempre pone un recipiente con agua fuera de su casa para saciar la sed a los perros callejeros.
En mi caso como se ingles, cuando los chiquilines del barrio tienen problema con esa materia, vienen a casa y los ayudo en todo lo que puedo, y estoy orgullosa de que por ahora todos han salvado los exámenes, se que no es mucho, pero cuando vienen a avisarme que salvaron me pongo feliz, también como tengo un aparato para tomar la presión arterial y otro para medir la glucemia, nunca falta algún vecino que venga a chequearse y lo hago con mucho gusto, para mi ayudar es un bálsamo para el alma.
Aborrezco a las personas que no mueven un dedo si no es por dinero, porque la vida no se trata de eso, la vida se trata de ser feliz con la persona que logremos llegar a ser no con el dinero que logremos llegar a poseer,  se trata de poder acostarse al final del día y dormir tranquilos sin que la conciencia nos reproche nada.

Virginia Pollero.

Post.

Que tengan todos un muy hermoso fin de semana!!!!

viernes, 20 de marzo de 2015

¿Que debe saber un niño de cuatro años?.



Hace poco, en un foro sobre la educación de los hijos, leí una entrada de una madre preocupada porque sus hijos, de cuatro años y año y medio, no sabían lo suficiente. "¿Qué debe saber un niño de cuatro años?", preguntaba.
Las respuestas que leí me llamaron mucho la atención. Una madre indicaba una lista de todas las cosas que sabía su hijo. Contar hasta 100, los planetas, escribir su nombre y apellido, y así sucesivamente. Otras presumían de que sus hijos sabían muchas más cosas, incluso los de tres años. Algunas incluían enlaces a páginas con listas de lo que debe saber un niño a cada edad. Solo unas pocas decían que cada niño se desarrolla a su propio ritmo y que no hay que preocuparse.
Pensé que probablemente la respuesta de esas mujeres a una madre angustiada fuera añadirle más preocupación. Somos una cultura tan competitiva que hasta nuestros niños en edad preescolar se han convertido en trofeos de los que presumir. Pero atención!!! La infancia no debe ser una carrera que arroja por resultado niños ganadores y niños perdedores.
Alicia Bayer, una mujer norteamericana que se interesa por los temas de infancia y educación, hace una lista de aquellas cosas importantes que debe saber un niño/a de 4 años. Me pareció hermosa y la comparto:
1.Debe saber que lo quieren por completo, incondicionalmente y en todo momento.
2. Debe saber que está a salvo y además cómo mantenerse a salvo en lugares públicos, con otra gente y en distintas situaciones. Debe saber que tiene que fiarse de su instinto cuando conozca a alguien y que nunca tiene que hacer algo que no le parezca apropiado, se lo pida quien se lo pida. Debe conocer sus derechos y que su familia siempre lo va a apoyar.
3. Debe saber reír y utilizar su imaginación. Debe saber que nunca pasa nada por pintar el cielo de color naranja o dibujar gatos con seis patas.
4. Debe saber lo que le gusta y tener la seguridad de que se le va a dejar dedicarse a ello. Si no le apetece nada aprender los números, sus padres tienen que darse cuenta de que ya los aprenderá, casi sin querer, y dejar que en cambio se dedique a las naves espaciales, los dinosaurios, a dibujar o a jugar en el barro.
5. Debe saber que el mundo es mágico y él también. Debe saber que es fantástico, listo, creativo, compasivo y maravilloso. Debe saber que pasar el día al aire libre haciendo collares de flores, pasteles de barro y casitas de cuentos de hadas es tan importante como aprender los números. Mejor dicho, mucho más.
PERO MÁS IMPORTANTE ES LO QUE DEBEN SABER LOS PADRES:
1.Que cada niño aprende a andar, hablar, leer y hacer cálculos a su propio ritmo, y que eso no influye en absoluto en cómo de bien ande, hable, lea o haga cálculos después.
2. Que el factor que más influye en el buen rendimiento académico y las buenas notas en el futuro no son los manuales, ni las guarderías elegantes, ni los juguetes caros, sino que mamá o papá dediquen un rato cada día o cada noche (o ambos) a compartir momentos de juego, lectura, dibujos y risas con sus hijos.
3. Que ser el niño más listo o más estudioso de la clase nunca ha significado ser el más feliz. Estamos tan obsesionados por tratar de dar a nuestros hijos todas las "ventajas" que lo que les estamos dando son unas vidas tan pluriempleadas y llenas de tensión como las nuestras. Una de las mejores cosas que podemos ofrecer a nuestros hijos es una niñez sencilla y despreocupada.
4. Que nuestros niños merecen vivir rodeados de libros, naturaleza, utensilios artísticos y, lo más importante, libertad para explorarlos. La mayoría de nosotros podríamos deshacernos del 90% de los juguetes de nuestros hijos y no los echarían de menos, pero algunos son importantes: juguetes creativos como los LEGO y los de encastre, una buena cantidad de témperas y plastilinas, los instrumentos musicales, los disfraces, y libros y más libros. Necesitan libertad para explorar con estas y otras cosas, amasar pan y ponerlo todo perdido, usar pintura, plastilina y purpurina en la mesa de la cocina mientras hacemos la cena aunque lo salpiquen todo, tener un rincón en el jardín en que puedan arrancar la hierba y hacer un cajón de barro.
5. Que nuestros hijos necesitan tenernos más. Hemos aprendido tan bien eso de que necesitamos cuidar de nosotros mismos que algunos lo usamos como excusa para que otros cuiden de nuestros hijos. Claro que todos necesitamos tiempo para un baño tranquilo, ver a los amigos, un rato para despejar la cabeza y, de vez en cuando, algo de vida aparte de los hijos. Pero vivimos en una época en la que las revistas para padres recomiendan que tratemos de dedicar 10 minutos diarios a cada hijo y prever un sábado al mes dedicado a la familia. ¡Qué horror! Nuestros hijos necesitan la Nintendo, los ordenadores, las actividades extraescolares, las clases de ballet, fútbol e inglés mucho menos de lo que nos necesitan a NOSOTROS. Necesitan a unos padres que se sienten a escuchar su relato de lo que han hecho durante el día, unas madres que se sienten a hacer manualidades con ellos, padres y madres que les lean cuentos y hagan tonterías con ellos. Necesitan que demos paseos con ellos en las noches de primavera sin importarnos que el pequeñajo vaya a 150 metros por hora. Tienen derecho a ayudarnos a hacer la cena aunque tardemos el doble y trabajemos el doble. Tienen derecho a saber que para nosotros son una prioridad y que nos encanta verdaderamente estar con ellos.
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Mucho para reflexionar como padres, educadores, o desde el lugar que nos toque en contacto con uno de los tesoros más preciosos: LA INFANCIA.

(Lic. Miriam I Martínez)

jueves, 19 de marzo de 2015

La vida ha hecho....


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La vida a hecho de mi una persona integra, sincera, con muchas experiencias positivas y también muchas negativas, fui una aventurera, siempre seguí mis impulsos,  sueños e ilusiones, muchas se hicieron realidad otras lo único que me dejaron fueron enseñanzas,  que mucha veces fueron mas importantes que los sueños conquistados.
Creo que no hay felicidad y orgullo mas grande que el saber que las procesiones que logré fueron ganadas con mi propio esfuerzo y el de mi esposo, que nadie me regalo nada.
No, no tengo muchas cosas materiales, solo lo esencial para vivir dignamente, mi casa consiste solo de tres ambientes,  baño,  dormitorio y una cocina grande con muchas sillas, este es el espacio mas acogedor  de la casa, con todo el calor humano que se pueda entregar, con olor a comida casera, galletas, tartas o pastel recién horneados, ademas nunca falta el tradicional mate calentito y amargo, en verano para calmar la sed y en invierno para calentar las tripas.
Es mi lugar preferido de la casa, desde mi sitio en la mesa redonda puedo mirar para la calle mientra cocino o estoy en la compu, también puedo ver la tele y los perros jugando en el jardín.
Tengo una familia que vive pendiente de esta vieja que ya esta empezando a dar un poco de trabajo con sus nanas, me tienen mucha paciencia; si le pidiera algo mas a la vida seria muy egoísta de mi parte, pues todo lo importante lo tengo.
¡¡¡ Ojalá todo siga igual hasta los últimos días de mi vida!!!.