jueves, 26 de junio de 2014

La pastelería

 La Pastelería.         De Liana Castello,escritora argentina. Cuento para padres. Cuento sobre el paso del tiempo y el tener que delegar.
Todos los días, a las cinco en punto abría la pequeña puerta que daba al costado de la calle.
Todos los días, a las cinco pasadas encendía el horno y comenzaba su trabajo. La pastelería no abría sino hasta las ocho treinta, pero el maestro pastelero debía amasar y preparar sus dulces para que estuviesen tibios y humeantes para sus primeros clientes. Se servía un té, que indefectiblemente se enfriaba en el fragor de su tarea, pero que tomaba igual al cabo de unas horas.
Y allí comenzaba la magia, luego de las cinco, todo era posible. Una tosca masa de levadura, se transformaba en un almohadón suave, redondo y tibio. El chocolate tomaba formas inesperadas. Las medialunas se tomaban de las manos y hermosamente estibadas, esperaban en forma ordenada a ser introducidas en el horno, no sin antes darse un tibio baño de almíbar.
Los muffins eran cobijados por decorados pirotines y abrigados por una crema que los cubría y que además los vestía de gala con granas de todos colores. Pasadas las cinco, la magia comenzaba y la soledad ya no se sentía.
El maestro pastelero no tenía familia, pocos amigos, pero sí muchos clientes. Era viudo y no había tenido hijos. Daba entonces a sus cremas, pasteles y panes un trato que iba mucho más allá de colocarlos en el horno y prepararlos con dedicación. La pastelería era su vida. La decoraba, la limpiaba y ordenaba.
Pasaba noches enteras pensando nuevas recetas o alguna innovación en las ya consagradas. Moños y envoltorios que diesen la terminación que cada pequeña obra de arte merecía. Cierto día, se dio cuenta que eran las seis y no había encendido el horno “¡Caramba qué descuido!” pensó, pero al día siguiente notó que el fino trazo de la manga, ya no era tan exacto y preciso como siempre. A la semana siguiente, olvidó los muffins en el horno y comenzó a preocuparse.
Pero no fue hasta una mañana en que se quedó dormido y no abrió la pequeña puerta que daba al costado de la calle a la cinco en punto, en que se dio cuenta lo que ocurría. Estaba cansando y se sentía viejo. Su amor por ese negocio que había convertido en su vida misma, no había mermado en absoluto, pero si sus fuerzas.
Era hora de comenzar a delegar. Era tiempo de enseñar el oficio a otras manos jóvenes y ágiles que pudieran continuar con su tarea. No quería, no podía. Dejar sus masas en manos de otra persona era algo impensado. Permitir que otros ayudasen a que las medialunas se tomasen de la mano y brillasen como reinas, no era algo que el maestro pastelero se hubiese planteado jamás.
Pero el tiempo no consulta nuestra voluntad y muchas veces -no todas- decide por nosotros. Pensó en cerrar la pastelería, pero aquello era igual a morir en vida y no estaba dispuesto a morir, no todavía.
Fue entonces, cuando colocó en la vidriera un cartel que decía “Se necesita aprendiz”. No le gustó como quedaba en medio de los budines y bombones. Le pareció que ese cartel era un intruso en la intimidad de esa vidriera que sólo él armaba con un infinito amor. No iba a ser sencillo encontrar al joven que pudiese aprender todo lo que él sabía, pero más difícil aún, sería encontrar a alguien que le diese el mismo sentido, la misma dedicación y el mismo amor que él daba a cada producto manufacturado.
“No tiene buen pulso”, pensó del primero. “Sus manos son ásperas, no amasará con delicadeza”, pensó del segundo. “Es ansioso, sacará las cosas del horno antes de tiempo”, dijo del tercero y con el último muchacho se quedó. No fueron sus manos, ni su pulso lo que lo hizo tomar la decisión, sino su mirada. El joven miraba la pastelería con un dejo de éxtasis y fascinación. Observaba los panes y los bombones como a obras de arte y tomó un muffin con la misma delicadeza con que se toma a un recién nacido en brazos. “Es él” se dijo.
Pasadas las cinco del día siguiente comenzó el entrenamiento. A las cinco en punto del otro día abrieron juntos la pequeña puerta y a las ocho treinta levantaron ambos la persiana de ese mundo de levadura y azúcar que hacía un poco menos dolorosa la vida de muchos.
En ese pequeño gesto de levantar la persiana junto al joven, el pastelero se dio cuenta que había sido acertada la decisión de tener un ayudante. No había querido aceptar, hasta ese día, que ya le costaba mucho levantarla solo. Las persianas suelen ser como la vida, con los años, se ponen más pesadas o mejor dicho, se va teniendo menos fuerza y se hace más necesario otras manos que nos ayuden.
El joven aprendía con una velocidad impresionante y no sólo eso, con el tiempo, comenzó a crear sus propias recetas. Sólo unas pocas correcciones debía hacerle el pastelero muy de vez en cuando.
- Haz repetido grana del mismo color en este muffin.
- Recuerda que la manga es como ciertas personas, necesita firmeza para ir derecho por la vida.
- Debes cuidar el baño María, al chocolate hay que tratarlo con dulzura y tranquilidad, como a las personas irascibles.
Una mañana el pastelero se quedo muy dormido y salió apresurado de su casa, ya no podría abrir la pastelería en punto. Llegando a la calle donde estaba su negocio, el aroma le indicó que el joven había estado a las cinco en punto, que el horno había sido encendido a las cinco pasadas y que todo había estado en orden a las ocho treinta cuando la persiana debió haberse levantado. Un té tibio lo estaba esperando y respiró tranquilo.
El tiempo fue pasando y el joven se convirtió en un experto. No sólo era un buen alumno, sino que tenía eso que hay que tener muy dentro de uno para que las cosas salgan bien, amor mucho amor y orgullo. El tiempo fue pasando y el joven dejó de ser tan joven y el maestro pastelero dejó de sentirse viejo para ser viejo.
Y como en uno de esos trueques que la vida nos ofrece, los roles se intercambiaron. Ahora era el muchacho quien corregía con infinito respeto el pulso tembloroso del maestro, quien recordaba la hora en que el horno debía prenderse y el tiempo de levado de cada pieza. A las cinco en punto, el muchacho abría la pequeña puerta del costado de la calle, pasadas las cinco encendía el horno y ocho y treinta levantaba la persiana y el maestro lo acompañaba en esos rituales que tan suyos habían sido.
Un día el maestro enfermó y ya no pudo levantarse. Ya no le molestaba morir. Lo que había sido su vida entera, no moriría con él, había un joven que seguiría dándole sentido a ese mundo que con tanto amor, él había construido.
Tranquilo y feliz, como quien deja el más hermoso legado en las manos de un hijo, el maestro murió.
Y como el más respetuoso y amoroso de los homenajes, a las cinco en punto del día siguiente, el joven abrió la pequeña puerta del costado de la calle, pasadas las cinco encendió el horno y a las ocho y treinta subió la persiana de la pastelería. Se sirvió un té, que también dejaría enfriar, y comenzó a trabajar.
Fin

miércoles, 25 de junio de 2014

Lo más importante....

Lo mas importante en la vida es tener alta autoestima, eso lo conseguís siendo una buena persona, bondadosa, justa, humilde, inteligente, dando a conocer toda tu sabiduría a los demás, para que los demás puedan ser personas como tu o aun mejores. Tienes que vivir feliz con lo que tienes sin dejar de tener nuevas metas y muchos sueños, sin sueños es imposible vivir. Debes amar y ayudar a todos sin esperar nada a cambio, respetar si quieres ser respetado y amar a tu familia por sobre todas las cosas. Si tienes autoestima no necesitarás de ninguna ayuda divina pues todo esta dentro tuyo, lo lograras todo sin tener que recurrir a deidades, cultos o religiones.
Virginia Pollero

martes, 24 de junio de 2014

LAS ARRUGAS DEL ABUELO...


Era un día soleado de otoño la primera vez que Bárbara se fijó en que el abuelo tenía muchísimas arrugas, no sólo en la cara, sino por todas partes.
- Abuelo, deberías darte la crema de mamá para las arrugas.
El abuelo sonrió, y un montón de arrugas aparecieron en su cara.
- ¿Lo ves? Tienes demasiadas arrugas
- Ya lo sé Bárbara. Es que soy un poco viejo... Pero no quiero perder ni una sola de mis arrugas. Debajo de cada una guardo el recuerdo de algo que aprendí.
A Bárbara se le abrieron los ojos como si hubiera descubierto un tesoro, y así los mantuvo mientras el abuelo le enseñaba la arruga en la que guardaba el día que aprendió que era mejor perdonar que guardar rencor, o aquella otra que decía que escuchar era mejor que hablar, esa otra enorme que mostraba que es más importante dar que recibir o una muy escondida que decía que no había nada mejor que pasar el tiempo con los niños...
Desde aquel día, a Bárbara su abuelo le parecía cada día más guapo, y con cada arruga que aparecía en su rostro, la niña acudía corriendo para ver qué nueva lección había aprendido. Hasta que en una de aquellas charlas, fue su abuelo quien descubrió una pequeña arruga en el cuello de la niña:
- ¿Y tú? ¿Qué lección guardas ahí?
Bárbara se quedó pensando un momento. Luego sonrió y dijo
- Que no importa lo viejito que llegues a ser abuelo, porque.... ¡te quiero
!

lunes, 23 de junio de 2014

VIDA





Vida

Ya perdoné errores casi imperdonables.
Trate de sustituir personas insustituibles,
de olvidar personas inolvidables.

Ya hice cosas por impulso.

Ya me decepcioné con algunas personas ,
mas también yo decepcioné a alguien

Ya abracé para proteger .
Ya me reí cuando no podía .
Ya hice amigos eternos.
Ya amé y fui amado pero también fui rechazado.
Ya fui amado y no supe amar.

Ya grité y salté de felicidad.
Ya viví de amor e hice juramentos eternos,
pero también los he roto y muchos.

Ya lloré escuchando música y viendo fotos .
Ya llamé sólo para escuchar una voz .

Ya me enamoré por una sonrisa.
Ya pensé que iba a morir de tanta nostalgia y ...

Tuve miedo de perder a alguien especial
(y termine perdiéndolo) ¡¡
pero sobreviví !!
Y todavía vivo !!
No paso por la vida.

Y tú tampoco deberías sólo pasar ...
VIVE!!!

Bueno es ir a la lucha con determinación
abrazar la vida y vivir con pasión.

Perder con clase y vencer con osadía,
por que el mundo pertenece a quien se atreve
y la vida es mucho más para ser insignificante.
Charles Chaplin

El capitán de la selección uruguaya de futbol.

Un pedido a todos los uruguayos:
Cada Copa del Mundo nos sirve para redescubrir que los uruguayos no somos ni como los argentinos, ni los alemanes, ni los brasileños, ni los españoles, ni los ingleses... Los uruguayos somos bien uruguayos y nos parecemos solo a nosotros mismos, aunque a veces queremos ser diferentes. No tomamos tereré ni té a las 5: tomamos mate a cualquier hora… comemos asado, jugamos al truco, amamos el fútbol y soñamos con imposibles. Nuestro horizonte han sido y serán el esfuerzo y los milagros; y nuestra pasión fueron, son y serán los desafíos.
Somos contradictorios, injustos, inmaduros, soñadores, porfiados… muy porfiados. Nunca nos damos por vencidos, somos luchadores. Somos chiquitos pero soñamos con ser gigantes. Somos una familia… y qué familia! Los que se van son sustituidos por los que llegan, parecemos un gran equipo de fútbol (tan grande, que a veces cuando jugamos nos molestamos a nosotros mismos!). Queremos ganar los partidos fáciles pero los convertimos en difíciles, y a veces los difíciles se nos hacen un poquito (sólo un poquito) más fáciles. Los jugamos todos, pero cuando ganamos, se dice “ganamos”; cuando perdemos, se dice “perdieron”.
Somos concientes de que tres millones de uruguayos están pendientes de nosotros, ¿pero saben una cosa?, nosotros también estamos pendientes de los tres millones de uruguayos. Nos gusta que nos alienten, necesitamos que nos apoyen en cada error; nos gusta que se emocionen, que lloren de alegría en cada gol, en cada pelota dividida... Sabemos que hasta quienes nos critican darían lo que fuera por estar corriendo y ayudando, y que son los primeros que se alegran cuando ganamos. Sentimos la presión, sí, claro que la sentimos; por eso a veces cuando juega Uruguay sentimos algo que lo entendemos pero no podemos creerlo; y cuando por fin lo creemos, no logramos entenderlo. Nos emociona.
A pocas horas de este partido trascendental, de este enorme y dificilísimo desafío, solo les pido que todos los uruguayos estemos unidos, alentando a la Celeste, que es más importante que todo. La Celeste es más importante que nombres, capitanes, resultados... Hagamos fuerza juntos, porque nosotros sentimos la camiseta como nadie cuando sentimos al país unido y a la gente feliz. Así, somos tres millones de jugadores que pesan en la cancha; y que lo hacemos por la positiva, con actitud, con ganas, con hambre de GLORIA, con la linda presión de sentirnos obligados a no fallarle a nuestra propia historia.
Los invito a confiar, a tener paciencia, a tener la audacia de soñar lo mejor. Nosotros no nacimos para las fáciles, nacimos para las difíciles, y esta es una difícil. Les pido unión. Uruguay noma’!!!!!!!!!
Un abrazo a todos. Diego

sábado, 21 de junio de 2014

Gracias...


Quiero dar las gracias a todos aquellos que en algún momento, gratuita y desinteresadamente hicieron que me sintiera mas feliz, por un motivo u otro, a aquellos que me aprecian o me quieren, de una forma u otra, y especialmente, a aquellos que tienen esa capacidad de dar y de querer, de disfrutar haciendo disfrutar, cuya virtud me llena de eterno orgullo y gratitud, por haberme dejado entrar en su vida y poder compartirla.


A ti, que sin saber si estoy triste o feliz, me envias tus mensajes, los cuales muchas veces me hacen sonreir en momentos en los que lo que quiero es llorar...
A ti, que me 
llamas "Amigo" que me envias etiquetas, imagenes, besos, abrazos y mensajes... A ti, quiero decirte "Gracias. gracias por estar en mi vida.

El niño pobre....

Un niño pobre que tenía mucha hambre estaba parado mirando por la vidriera a la gente que estaba adentro almorzando. El propietario del restaurante sintió lástima del pobre niño y decidió invitarlo a comer una suntuosa comida, un verdadero banquete que no olvidaría toda su vida.
Al terminar de comer, el niño, avergonzado, que se devoró la comida, preguntó cuándo debía y entonces el propietario le respondió: “A mí me enseñaron que cuando uno hace un favor, no tiene que esperar que le paguen”. El niño se puso a llorar y entonces el propietario lo abrazó y lo calmó.
Pasaron muchos años y el propietario del restaurante contrajo una enfermedad muy extraña. Tras someterse a un tratamiento prolongado y muy costoso, logró reponerse y entonces le dieron la cuenta de lo que tenía que pagar.
Pero para su gran sorpresa, la cuenta ya había sido pagada. Alguien, que alguna vez había sido un niño pobre sin medios, y que con los años se había transformado en un médico muy exitoso, escribió en la cuenta: “A mí me enseñaron que cuando uno hace un favor, no tiene que esperar que le paguen”.
Aquello que le prodiguemos al mundo será lo que recibiremos de él”.