martes, 10 de junio de 2014

La muerte está llegando....


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La muerte esta llegando, no puedo detenerla
corre rauda hacia mi como loca y furiosa,
Hace que no me ve, pero se que me mira,
espera agazapada para dar el zarpazo.

Me hago la distraida, la ignoro por completo
y sigo con mi vida sin prestarle importancia.
no es hora de partir y dejar a los mios.
Tengo mucho que hacer, me falta todavia.

Aunque quiera creer, que aún me necesitan
Yo se que en esta vida nadie es indispensable.
que si me fuera hoy, habra personas tristes
pero poquito a poco se iran acostumbrando.

No le temo a la muerte, es lo único seguro que
todos compartimos del día que nacemos.
La única experiencia que todos viviremos
y aunque nos guste o no, ese es nuestro destino.










lunes, 9 de junio de 2014

Mi propio oasis...



Necesito la soledad de las mañana
para renovar la energia de mi vida..
para leer, pensar y concentrarme y
hacer mi propio oasis  cada día.

Un oasis de amor que me de fuerzas
para que nada me pese ni me abrume.
Un oasis de donde saco la energía
para ayudar a los que mas me necesiten.

Es un oasis que me ayuda  a mantener la
calma en situaciones imprevistas
y actuar con intrepidez en casos
cuando las  circunstancia me lo exijan.

Un oasis de donde saco a borbollones
amor para entregar a los que amo,
y agua pura, limpia y cristalina
para los sedientos de cariño y compañía.

Virginia Pollero



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domingo, 8 de junio de 2014

Ni una sola vez....


Ni una sola vez “Esta vez sí, esta vez sí que lo haré”. Ella sabía que no podía seguir viviendo así. Esa decisión la tenía que haber tomado seis meses antes de la boda, la primera vez que le rompió el labio. Pero ya habían pasado seis años. Cuántas veces recordaba las palabras de su madre aquella primera vez que subió a casa con el labio roto y ella le decía “mamá, yo no puedo, no quiero casarme con él”. “Pero hija, ¿qué dices? Es un buen trabajador, con él nunca te faltará un plato de comida. Lo de hoy ha sido una cosa sin importancia, no tiene por qué volver a pasar. O ¿te crees que los hombres no tienen sus cosas? ¡Anda! Olvídalo todo y vamos a cenar”. En la cena, cuando ella relató lo sucedido, nadie salió en su defensa. Ni siquiera su padre, que tantas veces le había dicho “eres la niña de mis ojos, jamás permitiré que nadie te haga daño”. Es más, cuando su madre contó los consejos que le había dado, su padre estuvo de acuerdo en todo y además añadió “hija, estará nervioso por la boda o le habrás dicho algo que no le ha gustado”. Ella solo pudo decir “pero papá, yo…”. “Verás, vas a ser la reina de tu casa… Venga, danos un beso y vete a la cama, mañana ya no te acordarás de nada”. La segunda vez, ya no fue solo una bofetada. Fue un domingo, tres meses después de la boda, al volver de un paseo, mientras se cambiaba de ropa para meterse en la cocina y empezar a hacer la cena. Todo lo que dijo fue “¿sabes? Me gustaría volver a trabajar, me gustaba mucho mi trabajo y tengo muchas posibilidades de recuperarlo. Me lo ha dicho una compañera con la que me he cruzado esta mañana”. No tuvo tiempo de decir nada más. ”Eso es lo que tú quieres, ¿verdad? Ya sabía yo… no te conformas con lo que yo gano, ¿te parece poco? Quítatelo de la cabeza, en esta casa el único sueldo que vas a tener va a ser el mío”. Mientras le decía esto, las bofetadas iban y venían cruzándole la cara. En esos momentos ya supo cómo iba a ser su vida: desde ese día ya fue una mujer maltratada, rota, pisoteada, sin opinión, sus ojos ya no brillaban con luz propia, su boca solo se abría para decir lo justo, “bien”, “vale”, “bueno”, “lo que tú quieras”. Tenía prohibido hablar con las vecinas; él siempre le había dicho que las cosas que pasaban en las casas no tenían que salir de allí. Cuando se cruzaba con ellas en la escalera hablando de sus cosas, ella sentía mucha pena porque a ella también le hubiera gustado pararse para preguntar por la señora de arriba que ya era muy mayor, o por el niño de la chiquita jovencita del bajo que acababa de nacer hacia unos meses. Cuando peor lo pasaba era cuando iban a visitar a sus padres. En esas ocasiones, él le obligaba a ponerse sus mejores ropas y su mejor sonrisa. Su madre siempre le decía lo mismo, “estás más delgada, pero estás muy guapa, se ve que os va bien”. Ella ya no sabía si lo que sentía por su madre era rencor o pena. Esa persona no podía ser la madre que ella recordaba. Si no, ¿por qué nunca le preguntaba? ¿O es que no veía que ella ya no era la misma, que solo vivía por fuera pero que por dentro estaba vacía, que no quedaba nada de la hija que salió de su casa para casarse con el hombre equivocado? ¿Por qué no le preguntaba por qué nunca se ponía manga corta en pleno verano? “Y es que para ti, mamá, él sigue siendo un buen trabajador”. A los cinco años ya había perdido toda identidad. Ya era la ocupa, no solo para él sino también para los malos amigos que se reunían todos los viernes en su casa. Los odiaba con toda su alma. Era tanto el temor que le tenía a su marido, que ya lo hacía todo sin abrir la boca. Y si alguna vez se equivocaba en la cosa más mínima, allí estaban los insultos y las bofetadas. Ese viernes ya lo tenía todo pensado: se quedaría corta de bebida y, entre insulto e insulto y las risas de sus amigos, él la mandaría a por bebida. Llegó el viernes y todo salió como ella lo había planeado. Era la única forma de salir sin tener que darle explicaciones, ya que era él quien la mandaba a comprar. Cuando cogió las llaves del cajón notó que no le temblaban las manos, que las cogía con mucha firmeza y eso todavía le dio más fuerzas. Cuando salió a la calle, pasó el primer bar, pero siguió; pasó una pequeña tienda donde solía comprar a veces, pero también siguió. Al final de la calle estaba el súper con sus grandes ventanales, y desde fuera podían verse las bebidas que ella había comprado tantas veces. Cuando se vio reflejada en el cristal, a punto de abrir la puerta, empezó a temblar. Era esa tembladera que ella conocía tan bien, la que vivió todos los días durante seis años cuando oía el ruido de las llaves en la cerradura. Mientras salía de la comisaría, después de haber relatado su caso, empezó a respirar, empezó a mirarlo todo con la cabeza alta, muy alta. Lloraba, pero esta vez sus lágrimas no le hacían daño, eran besos que le daba el aire. En su euforia, empezó a tirar de las mangas de la blusa. Cuando se miró los brazos ya no veía cardenales sino mariposas tatuadas que le prestaban sus alas para ayudarle a volar y recuperar por fin su nombre: Libertad.

Midala.

sábado, 7 de junio de 2014

Soy fuerte y afortunada...

Debo ser una de las personas mas afortunadas del mundo, por más frío, gris, lluvioso que amanezca el día, siempre hay fuerza en mi para hacerlo parecer un día brillante. Solo con saber que mi familia está bien, que tengo un techo sobre mi cabeza, que aunque me aquejan algunas nanas de vieja,  puedo hacer algo por los demás, me basta para ser feliz y cuando uno es feliz,  puede hacer feliz a los demás.                                     Y por todo esto no le tengo que dar gracias a nadie, no necesito a dios en mi vida, lo hago todo con sacrificio y  fuerza de voluntad, soy una persona fuerte que creé en si misma.                                                 Así he enseñado a mi hija y nieta, a no esperar nada de nadie, que esta en ellas el lograr lo que se propongan, y que con perseverancia, voluntad y creyendo en sí mismas pueden lograr lo impensado.
Tengo sesenta y tres años, mi vida a sido como la del resto de la humanidad, con altos y bajos, cuando me toco estar en la cima, todo bien, cuando me toco estar en el pozo, luche para salir adelante,  las palabras "estoy vencida" , no existen en mi diccionario.  Si tengo que pedir ayuda, se la pido a mi esposo,  mi hija, mi nieta, mis hermanos, sobrinos o amigos,  de ellos sí estoy segura de recibir ayuda mucho mas rápido y segura, que de ningún supuesto ser supremo, ELLOS SÍ SON MIS DIOSES. 
  

jueves, 5 de junio de 2014

La piedra...


A veces la piedra
se nos mete en el zapato
convirtiendo nuestra marcha
en dolorosa.
Otras,
en nuestros ojos
desdibujándonos la realidad.
Algunas veces la piedra
aparece en nuestro camino
para no dejarnos avanzar.
Otras,
las más duras
se instala sobre nuestro pecho
y no nos deja respirar,
gozar,
creer,
soñar.
Entonces
no hay arreglo
ni componenda
posibles.
Es ella
o nosotros.
Si nos armamos
de fuerza
de coraje
y de locura
la extirpamos
la arrojamos
la vadeamos
y seguimos adelante
Si no,
allí quedaremos,
doloridos
ciegos
estancados
muertos.
Para todos los hombres y mujeres, la conquista de sus propios sueños es un
largo camino cubierto tanto de flores como de cardos; que a veces sabe a
miel y otras veces a hiel; que a veces acaricia y otras golpea; que nos
hace reir y también llorar.
El camino hacia los sueños nos enfrenta a cosas opuestas a cada paso; y es
así para todos.
Ningún camino es del todo llano; y ninguno es del todo escabroso. Pero
cada paso, bueno o malo, dulce o amargo, áspero o suave, cada paso es
enseñanza. Enseñanza que debemos capitalizar, como lecciones de vida, para
que nos ayuden en la búsqueda del próximo sueño.
A medida que más nos acercamos a la meta, más difícil parece alcanzarla. Y
es lógico... cuanto más camino recorrimos, más trabas, más miedos, fuimos
acumulando. Pero debemos seguir. Seguro que detrás de la piedra más
difícil de vencer está lo que buscamos. Y eso... eso justifica cualquier
esfuerzo. Y cuando nos sintamos desfallecer, paremos un minuto, miremos
profundamente nuestro ser interior, escuchemos su voz, visualicemos lo que
quiere, lo que fervientemente anhela.... Y ya nada nos detendrá.

miércoles, 4 de junio de 2014

Inolvidable...

De muchas maneras, todos guardamos profundamente en nuestro corazón, el
recuerdo grato de algo o alguien que será inolvidable en nuestra vida.

Hay quienes, por desgracia, conservan el estéril gasto emocional de un
recuerdo que los sigue atormentando, como tóxico sutil que deshace su alma
y viven aquejados por ese pasado.
Aquí lo inolvidable se hace cruel porque se piensa que, al no haber
sabido perdonar, ciertas cosas no se olvidarán nunca y esa es una forma
triste de permanencia.
Hay otros, en cambio, que atesoran los recuerdos mágicos que un día les
acontecieron y no permiten que mueran, porque saben que si lo hicieran,
ellos tambien moririan un poco.
Nadie sin embargo puede evitar el tener una mezcla de recuerdos buenos y
malos, lo que simplemente nos hace entender que la vida es asi: pedacitos
de plata en medio de un gran camino de grava. No vivir atormentados por
unos y disfrutar el haber experimentado los otros, es lo que da sentido y
equilibrio a nuestra vida. Es saber que las rosas tambien tienen espinas y
que si así no lo fuera, no seríamos capaces de distinguir la felicidad de
la infelicidad.
Porque ¿quien no recuerda esos días felices de su infancia y la caricia
inolvidable de quienes les amaron? ¿Quién podrá borrar de nuestro corazón
el abrazo y la ternura de aquellos que con su cariño nos enseñaron a amar?
¿Es posible olvidar al primer amigo, al compañero de nuestros juegos, a la
maestra que un día fue la diosa de nuestros sueños, la primera vez que
vimos el mar o la esperanza vivificante de nuestras siempre anheladas
vacaciones?
¿Podremos alguna vez olvidar cuando el torbellino del amor primero
arrebató nuestra alma y la llevó al séptimo cielo; la espera impaciente
que nos trajo el romance adolescente, la mano de nuestro padre guiando
nuestros vacilantes pasos, el seno materno que alimentó nuestra tenaz
apetencia de vida, la alegres piñatas, las entrañables navidades, la
calidez del abrazo de nuestros abuelos y aquellas dulces fantasias en las
que tantas veces empeñamos nuestra atropellada búsqueda de la felicidad?
¿No es inolvidable, el sabernos amados,el saber que podríamos amar, , bálsamo
para nuestros oidos, el consejo oportuno, el tibio consuelo de la mano que
tocó nuestro frágil corazón, la fragancia del dialogo con quienes nos son
cercanos, los días de campo con los hijos y esa infinidad de pequeños
tesoros que ninguna pequeña muerte podrá un día arrebatarnos?
Nos perdemos tanto en no olvidar lo que un día nos hirió que hacemos a un
lado lo que nos maravilló; hacemos inolvidable, aunque sea doloroso, lo
que en el pasado lastimó nuestro espiritu, que renunciamos al mismo tiempo
a todo aquello que colmó nuestras ansias de permanencia y nos convirtió en
el horizonte de alquien que quiso hacernos dichosos. Es cierto que no
podremos olvidar jamás aquello que nos lastimó un día, pero sí podemos
hacer el esfuerzo por privilegiar de igual manera lo que hizo a nuestro
corazón más grande, más fuerte y más comprensivo.
Tal vez en la lista de daños y beneficios que tenemos inscritos en nuestra
mente, los debitos sean más que los haberes, pero la vida siempre es así:
solo cuestión de saldos en nuestro final estado de pérdidas y ganancias.
Ver que esos saldos sean más positivos que negativos es una tarea en la
que todos debemos empeñarnos, si queremos tener la sabiduria de vivir con
plenitud nuestra fugaz existencia terrenal.
Pero, afortunadamente, siempre habrá espacios en nuestra alma para lo
inolvidable: el acontecimiento aquel, la fecha que impacientes esperamos,
el amor recien descubierto, el hijo que llegó, la perfecta compañía, la
luz que generosa disipó nuestras tinieblas, la suave caricia de nuestra
alma gemela, la dicha en fin, que a veces furtiva, se anidará fecunda como
esperanza alcanzable en el corazón humano.
Un poeta escribió que la mejor manera de hacer a alguien inmortal es
quererlo de tal forma que no lo olvidemos nunca. Es a través del regocijo
del recuerdo por el cual nos percatamos que éste no es un espacio perdido,
sino una autentica recuperación.
Confesar que vivimos, amamos y disfrutamos con alguien el aquí y el ahora
de la vida, es adquirir la certeza de que un dia seremos para ese alguien
personas inolvidables, y así entenderemos cómo finalmente el recuerdo del
amor, que un día dimos y nos dieron, será más fuerte que la muerte.